• Caracas (Venezuela)

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Mauricio Gomes Porras

Mandarriazos hacia la modernidad

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En Portugal existe un tipo de acera hecho con piedras cortadas irregularmente y martilladas cada una en su lugar para dibujar patrones a manera de mosaico. A este tipo de piso se le llama calçada portuguesa y se ha exportado a todos los países lusófonos. Son un tipo de suelo más permeable y amigable para el ambiente. Con infinitas posibilidades artísticas y estéticas que llevan a que los lisboetas le agradezcan la luminosidad de su ciudad al reflejo de la luz en estas piedras.

Evidentemente, martillar piedras una por una arrodillados no es una forma de hacer las cosas que se lleve muy bien con la industrialización. Tampoco son el tipo de suelo más amigable para los discapacitados y necesitan más mantenimiento que el concreto. En suma, no es posible que esta sea la manera más eficiente de hacer una acera. Y sin embargo, la siguen haciendo. Porque simboliza algo, y los símbolos importan.

Los símbolos poseen sentidos arbitrarios, pactados de forma social. La Torre Eiffel, por ejemplo, no sería un símbolo de París si los humanos no lo hubieran “decidido”. Entonces, si la calçada  portuguesa es un símbolo, ¿cuál es su sentido? Su sentido es el sencillo acto de existir. No se trata de si son las aceras más funcionales y convenientes, se trata de ser Portugal incluso hasta en el suelo. Que el suelo transmita algo, que la acera comunique un mensaje que nos cuente de qué se trata Portugal. Se trata de impartir estilo incluso hasta en los suelos y evitar que la globalización convierta a todas las ciudades del mundo en una misma ciudad genérica, de molde. Cuando caminas por una calçada  portuguesa tienes la certeza de que estás caminando en Portugal, no en una acera de cualquier otra parte del mundo. De eso se tratan las tradiciones: mantener algo que sólo tenemos nosotros, que define nuestra personalidad, nos da una identidad y nos crea una historia.

Siempre se ha dicho que la grandeza en el arte está en los detalles. Como las películas excepcionales que también transmiten conceptos incluso con algo tan aparentemente irrelevante como los créditos finales. La calçada  portuguesa es un detalle que ayuda a narrar una historia: la historia de Portugal.

Claramente el conflicto es el siguiente: tradición vs. funcionalidad. O quizás también: humanismo vs. tecnocracia.

Cuidar las raíces es cuidar nuestro sentido de vida, tanto en nuestras esferas personales como en las obras públicas. ¿De qué hablan los habitantes de las ciudades notables cuando explican por qué deciden vivir ahí? Hablan de las cosas que tiene su ciudad y las demás no. Es decir, hablan de la personalidad, el estilo de la ciudad, la narrativa que construyeron.

El turismo también se trata de vender una narrativa, de contar una historia. Es por eso que las ciudades al promocionarse buscan diferenciarse de las otras, concientes de que si tienen una visión de estilo clara existirá un nicho turístico que busque eso. El tipo de turismo no es igual en todos los sitios ni busca lo mismo. El turista que viaja a la India está comprando una historia sobre espiritualidad, austeridad y observación antropológica a lo National Geographic. El turista que viaja a Roma compró una historia sobre bellas artes, cuna de Occidente y comida brutal. Barcelona se construyó una narración de ciudad marítima, cosmopolita y artística. Nueva York es tan salvaje como elegante y vital. Río de Janeiro es colorido, humano y playero. Las ciudades notables tienen una narrativa montada y hay gente tomando decisiones para conservar los estilos y los conceptos. Esta construcción no sólo sirve para los observadores externos, sino para los propios habitantes: les da sentido a sus vidas en esas ciudades, les hace sentir pertenencia, les construye una identidad en función al espacio que habitan. “Yo vivo en Barcelona porque es una ciudad creativa, como yo”. Ese tipo de cosas.

Vivir sin sentido es muy difícil. Pero incluso con un sentido íntimo y personal, vivir en un lugar sin sentido también es rudo. Cuando se vive en un lugar así a nadie le importa nada, es como si fuera un campamento. No importa qué se destruya, da igual porque esta ciudad es tan carente de personalidad que puede ser reconstruida o imitada después e incluso en otro lugar. Y a mi parecer, la mayor parte de nuestras ciudades en Venezuela son campamentos llenos de habitantes que se comportan como mineros. A los mineros no les importa que se esté cayendo la mina porque ellos sólo quieren hacer dinero mientras malviven.

En algún momento de nuestra historia (probablemente a mediados de los años 70), decidimos que ir hacia el futuro implicaba destruir nuestro pasado. Fue nuestro breve atisbo de modernidad: la modernidad mal comprendida. Los centros de nuestras ciudades, bastiones de la arquitectura colonial que hoy ayudaría a formarnos una identidad ciudadana y cultural, fueron plagados de edifícios de oficina. Cuadras enteras de casonas coloniales derrumbadas para dar lugar a edificios ochenteros, para recibir en casa al mal llamado “progreso, el tipo de progreso que todo lo quema y derruye. Como le pasó a Macondo con la llegada de la compañía bananera gringa en Cien años de soledad, pero sin la persuasión comunistoide de García Márquez: esos edificios feos fueron pensados, construidos y apoyados por venezolanos. ¿Cómo puedo estar seguro? Porque los venezolanos hoy en día siguen siendo igualitos.

Pero qué clase de consciencia se puede esperar de los ciudadanos si los políticos de todos los bandos hacen de todo menos imponer el código de urbanismo y conservar el patrimonio arquitectónico. En Maracay, por ejemplo, la Alcaldía de Girardot destruyó una bellísima reja que adornaba la plaza Felipe Guevara Rojas y había sido mandada a traer por el gobierno de Joaquín Crespo en 1885 desde Nueva York, rellenando de cemento algunas partes y desapareciendo otras. Y si la alcaldía hubiera destruido la plaza entera para montar un mini-sambil, nadie protestaba. En Venezuela uno agarra una caja de cartón del tamaño de una cuadra, la pone encima del Panteón Nacional, le lanza adentro una peluquería, un cyber, un abasto de chinos y una tienda de Movistar y todos quedan contentos. Capaz es sólo cuestión de tiempo antes de que al Potro Álvarez le sea permitido cumplir su sueño de montar un estacionamiento de helicópteros encima del Auyantepui.

Nuestras ciudades crecieron feas. Son ciudades que no fueron hechas para humanos, sino para carros. Ciudades que destierran a sus habitantes a sus esferas privadas, a estar encerrados en propiedad privada. El mensaje es claro: esta ciudad no es para vivirla, es para lucrarse. Esta ciudad es un campamento minero. La cuestión del encierro es tan afincada, que hasta nuestros espacios abiertos tienen rejas: ya no quedan parques públicos que no tengan rejas. Hasta a la placita frente a mi casa la Alcaldía de Valencia le construyó una reja con candados y le pusieron horario de oficina: abierta de 7 a 6. “Es para que no se metan los indigentes”, seguro dicen los genios del urbanismo que no entienden el concepto de “espacio público”.

Una ciudad que no conserva su arquitectura ni apuesta por el desarrollo de su propia narrativa se vuelve una ciudad genérica, un pasticho de fachadas que dice de todo pero no dice nada, un lugar al que nadie quiere visitar y en el que nadie quiere envejecer. Tomando todo esto en cuenta, no me sorprende que cuando nos toca mostrar algo de Venezuela mostramos sólo los lugares naturales. Un tepuy, un médano, unas montañas andinas, unas playas... Lo que sea que todavía no hemos decidido destruir.