• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

Manda a decir la realidad

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I.

Al país se le enredó el papagayo. La realidad lo acosa por todos lados, aunque el gobierno trate de desmentirla con un relato. Así, avanzamos en el camino a la soberanía alimentaria, pero la realidad dice que están previstos millones de dólares en importaciones, o de lo contrario no comeremos. Se ha progresado notablemente en el desarrollo diversificado de la economía, pero la realidad dice que nunca antes habíamos dependido tanto del petróleo. Se está implementando un nuevo modelo económico, aunque la realidad dice que lo que hay es un vulgar capitalismo de Estado. El desarrollo endógeno va viento en popa, pero la realidad dice, por ejemplo, que las empresas de Guayana hacen agua y el resto del aparato productivo languidece (cooperativas incluidas), mientras Chevron brinca en una pata, y los chinos, ni se diga. Nos ufanamos del bolívar fuerte, pero la realidad dice que la economía gira en torno al dólar paralelo. Nuestra democracia es ejemplo en el planeta, pero la realidad dice que el poder no tiene contrapesos institucionales. La patria es de todos, pero la realidad dice que la mitad de la población es apátrida. Se presume de la honradez socialista, pero la realidad dice que la corrupción crece como la verdolaga (o más bien como la lechuga). La clase obrera es la vanguardia del cambio, pero la realidad dice que continúa creciendo la burguesía socialista. Apuntamos hacia el siglo XXI, pero la realidad dice que abrevamos políticamente en ideas viejas, dejando de lado las reflexiones hechas desde la izquierda luego de la caída del muro alemán.

Y así tantas otras cosas –inseguridad, desabastecimiento, inflación…–, respecto a las cuales la realidad no dice lo que nos indica el gobierno. Pareciera que a este no le importara cómo ocurren los eventos, sino cómo echa el cuento sobre ellos. Que lo necesario no es transformar la realidad, sino justificarla, mediante cuñas al mejor estilo comercial y algunos números manipulados al gusto. O, mejor aún, transfiriendo la culpa al pasado, a las telenovelas o los imperialistas. Pero, ya se sabe, realidad no se deja prohibir ni convencer por interpretaciones, no importa que vengan de las alturas del poder.

 

II.

El proyecto chavista se ha vuelto un relato autocomplaciente. No deja espacio para las críticas, ni siquiera las venidas de las propias filas. Cualquier advertencia huele a traición. A desobediencia a Chávez. A dudas sobre su infalibilidad, instalada desde el comienzo como un dato de la política gubernamental. Chávez lo fue todo y, aún después de muerto, lo sigue siendo todo. Cometió errores gruesos, pero nadie los admite. Le faltó un poquito de ignorancia, pero nadie osa decirlo. Dejó en herencia el dibujo inapelable de un modelo que nadie discute, es santa palabra aunque nos haya traído hasta los lodos que ahora nos ahogan. Cosas, pues, de eso que llaman el culto a la personalidad.

 

III.

Permítaseme una digresión al respecto. El escritor mexicano José de la Colina narra que en la Unión Soviética, en tiempos de Stalin, se hizo un concurso para premiar al escultor que hiciese la mejor estatua en honor del gran poeta Pushkin. Se presentaron varios modelos en arcilla: Pushkin tocando un arpa, Pushkin niño oyendo los cuentos de su nana, Pushkin, pluma de ganso en mano, escribiendo un poema, Pushkin besado por la Musa, Pushkin levantándose indemne del suelo tras ser muerto en un duelo, etcétera. Después de inteligentes, si bien breves, deliberaciones de los jueces del concurso, se decidió por unanimidad que la mejor estatua era la de Stalin leyendo un libro de Pushkin.

Da miedo que el texto anterior pueda resultarnos no muy extraño.

 

IV.

En fin, cuánto más tiene que decir la realidad para que el gobierno desande caminos. Para que cese el lavado de los errores con detergente ideológico. Para que, como dicen los abogados, solo acepte el legado de Chávez a beneficio de inventario. Para que, en fin, no superponga el relato a los hechos.

Y de otra parte, qué tiene que decir la realidad para que los sectores de oposición tengan un relato político sobre el país. Lo señalo porque la pugna por el liderazgo en este momento indica que, a su manera, tampoco están leyendo bien el profundo desacomodo nacional.

En verdad, no son buenas las noticias que nos vienen de la política.