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Antonio López Ortega

Mamones de Santa Lucía

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El Brixton Market de Londres podría reunir a todas las culturas en una, y más cuando se trata de apuesta gastronómica o de exhibición de víveres tradicionales. Hay estampas o escenografías en las que el paseante podría estar recorriendo callejuelas de Pakistán, Malasia, Perú, Portugal, China o alguna isla del Caribe. La variedad, la abundancia, el exceso, la cornucopia, son tales que el visitante siente hasta ahogo. Una panadería artesanal de este mercado acaba de ser galardonada como la fabricante del mejor pan de esta gran ciudad, y una pizzería con pocas mesas y un fogón diminuto tiene la distinción de hornear las mejores de todo el Reino Unido. Aves de todos los tamaños, tubérculos inimaginables, granos de todos los colores, frutas exóticas, carnes de todos los cortes, se exhiben como si fueran criaturas vivas. No es Brixton Market, precisamente, algo que represente a la muy escueta culinaria inglesa, pero sí es exponente cabal de lo que es el ciudadano londinense de hoy: multicultural y multiétnico. Responder a tantos orígenes y a tantas tradiciones podría ser el reto de la oferta que el Brixton Market construye con la dedicación y la obsesión de sus marchantes, también todos multiculturales. La obsesión por mostrar todo lo que se tiene en espacios tan breves y calles tan estrechas llega a simular las artes de la museografía.

De pronto me detengo en un puesto de frutas, donde descubro desde kiwis neozelandeses hasta higos picos canarios, y el dependiente, con bata blanca de carnicero y mostachos finiseculares, se apresura a exaltarme la calidad de cada uno de los ejemplares. Con acento que me pareció turco y un vozarrón que ya hubiera querido un centurión romano para gritos de guerra, el dependiente va colocando en la bolsa las frutas que a él se le antojan con una narrativa portátil. Yo sigo viendo hacia el mosaico interminable, maravillado como el primer Adán, y en un rinconcito superior, como si brotara de una rama invisible, alcanzo a ver un racimo que me retrotrae a las inmediaciones de Maracay, cuando en temporada los muchachos los ofrecen apostados en el hombrillo y braceando hasta más no poder. ¿Mamones? –me digo. ¿Mamones en Brixton Market? Me quedo maravillado, imaginando la aventura de cualquier exportador nuestro, pero el turco se encarga de cercenar en segundos mi ilusión. ¡Vienen de Santa Lucía –me dice como si combatiera–, una isla del Caribe! ¿Los ha probado? Son muy gustosos…

Me quedo con la palabra “gustosos” para de pronto sentir, como un fardo, nuestra inexistencia, nuestra incapacidad de hacer nada, ni siquiera con nuestro patrimonio natural. Es la sensación que flota después de recorrer Brixton Market: ninguna huella, ningún empuje, ningún esfuerzo. El mundo representado en pocos metros cuadrados y nosotros fuera del mundo, de la historia, y no se diga de la economía. Tanta palabrería, tanta doctrina hueca, para seguir como un país hiperrentista, explotador de sí mismo. Nunca eso que podríamos llamar soberanía económica o alimentaria había estado tan mancillada. Vivimos en la más cruda mentira, en la más oscura falsedad, donde el aparato productivo se ha diezmado por razones políticas y donde la economía del país la hacen otros: los que nos exportan o entregan el 90% de nuestras necesidades. País de pedigüeños, que no de hacedores –en eso nos han convertido. ¿Dónde quedan los tiempos en los que éramos excedentarios en arroz, en los que criábamos camarones para las islas del Caribe, en los que el cacao venezolano se cotizaba como oro en las bolsas internacionales.
¿Qué haría la isla de Santa Lucía con los mamones que nosotros dejamos pudrir en nuestros patios? Sin duda que colocarlos en Brixton Market, para que el viajero desprevenido descubra que el futuro ya no nos pertenece.