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Rodolfo Izaguirre

Maletas

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Durante la cuarta república, cuando no conocíamos Cadivi, no había restricciones de ninguna naturaleza y ¡coexistían pacíficamente adecos y copeyanos!, cada vez que regresaba de viaje traía en mis maletas novedades literarias, libros de poesía y de ensayo y curiosidades del lenguaje. Son muchos los libros de mi biblioteca que cruzaron el océano en mi equipaje junto con las camisas y los pantalones. Hubo un tiempo, también, en el que comencé no a leer sino a “releer” y entré en lo que se llama “la vuelta a los clásicos”. No resultaba ya tan urgente o perentoria la necesidad de atiborrar la maleta con libros de actualidad; y en lugar de novelas, ensayos y biografías, y mientras disfrutaba en mis viejos libros a Homero, Virgilio, Rabelais, Sthendal o Balzac, me dediqué a enriquecer la despensa con aceites de oliva de Valdueza o de Griñón, jabugos, vinagres aromáticos y especias que impregnaban mis maletas de aromas exóticos. Cada vez que mis hijos aparecen en casa procedentes de Madrid o Nueva York, algo traen en sus maletas para regocijo de la familia, y Valentina desde Nueva York envía lentejas rojas, amarillas y medicinas difíciles de encontrar en Venezuela.

Recientemente, Rházil mi hijo mayor, al regresar de un viaje de trabajo por Alemania y Dinamarca, aportó laticas de caviar además de los nombres bien pronunciados de algunas ciudades que visitó. Boris anuncia viaje con maletas en las que traerá servilletas, corazones de alcachofas, leche de magnesia, alka seltzer, hojillas de afeitar y otros productos comprados en las bien abastecidas tiendas y supermercados de Madrid en una clara y alarmante constatación de que vivimos en un desolado infierno bolivariano en el que carecemos de todo mientras la imbecilidad populista clama y asegura que, al menos, tenemos una patria. Rházil insistió en que no es cierto que algo esté podrido en Dinamarca. Le aclaramos que si algo está podrido, además de los alimentos en los contenedores, será justamente el concepto socialista del chavismo. Dinamarca es un país decente, remarcó Rházil: una monarquía constitucional en modo alguno escandalosa; sin infantas comprometidas en escamoteos de dinero ni rey alguno masacrando elefantes mientras ocupa, al mismo tiempo, un prominente lugar en el patronato que  protege a los paquidermos de él.

Cuando nuestro Comandante Supremo comenzó a revelarse como el autócrata que en pocos años hundiría el país, hubo un momento en el que los vecinos salían a la calle, en plena Navidad, a “pasear” sus maletas por la comunidad como si al hacerlo prefiguraran el exilio que padecerían más tarde. “¿Qué hiciste, papaíto?”, exclamaba Lázaro Candal en tiempos del fútbol. Hoy el país, abrumado por la penuria y al constatar el fracaso de aquella presunta revolución militar, no deja de increpar al Comandante transformado ahora en ridículo pajarito: “¿Qué hiciste, papaíto? ¡Hundiste al país en la miseria!”.

El Diccionario de la Real Academia define como “maleta” a toda persona que practica con torpeza o desacierto la profesión que ejerce. También se llama coloquialmente “maleta” al mal torero o a la persona perversa. En Argentina “andar como maleta de loco” es no tener un objetivo claro; no saber bien qué se quiere o se pretende. En cualquiera de los casos se aludiría no solo al de aquí sino a la de allá, es decir, a la viuda del tuerto.

Siendo civil y hombre de cultura, me niego a obedecer a ningún militar, mucho menos a civiles que carecen de legalidad; no quiero uniformar mi pensamiento ni leer únicamente el periódico del gobierno. Trato de que mi maleta no se parezca a las otras y la abrumo con moños, cintas y lazos de colores reconocibles cuando transita por los aeropuertos. Y, en rebeldía, haré lo mismo conmigo si los militares insisten en uniformarnos a todos como si fuéramos maletas Sansonite.