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Tulio Hernández

Malandropolítica

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En reciente visita a Mérida pude percibir la esperanza y el optimismo que las primeras iniciativas del alcalde Carlos García han suscitado en la población. Heredero de un gobierno nada exitoso de otro miembro de la Mesa de la Unidad Democrática, el nuevo alcalde ha promovido con entusiasmo acciones participativas de recuperación del espacio público que, por supuesto, se han encontrado con la maquinaria política del PSUV que en esta ciudad y en este estado, con más fuerza aun que en otros lugares, opera con prácticas propias de la delincuencia organizada.

La recolección de la basura –de los desechos sólidos, es el término técnico– es uno de los problemas más agobiantes de esta ciudad. El nuevo alcalde ha emprendido iniciativas diversas para enfrentarlo y, en consecuencia, el PSUV y sus redes patológicas han redoblado una estrategia que venían aplicando desde el gobierno anterior: traer basura de poblaciones cercanas y colocarla estratégicamente en lugares muy visibles una vez que los camiones municipales han pasado haciendo su trabajo de recolección.

Es una operación perversa por todos conocida. Un buen amigo me llevó al barrio Santa Rosa para que la viera in situ. Y es realmente nauseabunda. Hay que ser demasiado pervertido, tener un gran desamor por las personas y haberse degradado moralmente en función del poder político como para dedicarse a ensuciar las calles, contaminar el espacio público, poner en riesgo la salud de los ciudadanos, incluso la de aquellos que votan rojo, solo para intentar demostrar que el gobierno democrático local no cumple con sus responsabilidades.

Algo similar ocurre en otras ciudades y alcaldías que recientemente he visitado. El alcalde José Luis Machín, el hombre y el equipo que derrotaron en su propio terreno a la saga del criollismo monárquico de los Chávez, se llevó la sorpresa de que el alcalde anterior, antes de entregarle el cargo, pasó a cargos fijos a poco más de 700 trabajadores contratados. Algo similar a lo que ocurrió en Barquisimeto, la noche anterior del acto de entrega al nuevo alcalde, Alfredo Ramos. Actos delictivos que lesionan las instituciones y el erario público.

Es una pesadilla. Los nuevos alcaldes de Venezuela elegidos el pasado diciembre, especialmente los que relevan gestiones de gobiernos rojos, no la tienen fácil. Heredan alcaldías, ciudades y municipios convertidos en ruinas precoces y, además, tienen que aprender rápidamente a sobrevivir al hostigamiento y saboteo profesionalmente organizado que el PSUV y su aparato de Estado paralelo han convertido en obcecado esquema de actuación para impedir que la oposición democrática haga buenos gobiernos.

Está en su ADN. El proyecto rojo no tolera la alternancia, que es una de las bases fundamentales de la vida democrática. Por eso el presidente que murió, una vez que perdieron ante Antonio Ledezma la Alcaldía Metropolitana de Caracas le despojaron de oficinas, recursos y competencias al crearle un gobierno paralelo creyendo que lo iban a aniquilar políticamente. Y allí está, reelegido y ejerciendo un segundo período.

Hubo alguna vez la antipolítica, la ola expansiva de líderes no “contaminados” por la política tradicional que tuvo en personajes como Collor de Mello, Fujimori y Bucaram sus más sonoros exponentes. Y ha habido, especialmente en Colombia y México, la narcopolítica, líderes y proyectos financiados por los carteles de la droga. El gran aporte del chavismo a la política adjetivada es la malandropolítica, una manera de oficiarla a la manera de los ya legendarios motorizados encapuchados merideños entrenados en disolver violentamente las manifestaciones de protesta de los sectores democráticos.

Aunque tenga cierta inspiración marxista, la malandropolítica no tiene como base conceptual el ¿Qué hacer? de Lenin, se inspira en los sindicatos mafiosos de Nido de ratas, el legendario film de Elia Kazan, protagonizado por Marlon Brando en 1954.