• Caracas (Venezuela)

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Sergio Monsalve

Mal de páramo

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El país de las cifras ocultas, los secretos a voces, las espirales del mutismo. ¿Somos una patria feliz? Solo en los sueños y las estadísticas de la clase gobernante. El poder censura los índices de inflación, los números de los ingresados a la morgue de Bello Monte, la diáspora de los últimos meses.

El relato hegemónico no quiere informaciones discordantes con su cadena nacional de buenas noticias, fabricadas a diario por el aparato de propaganda. Reinan la doble moral, la hipocresía y la mordaza.

Hay una lista infinita de temas tabú en la agenda coordinada por la red de medios oficiales. Los esconden bajo la alfombra, les sacan el cuerpo, los condenan al ostracismo.

De ahí el estreno fantasma del emblemático título El silencio de las moscas, proyectado en escasas salas, casi por cumplir un trámite. Entró y salió de la cartelera sin pena ni gloria. Fue la crónica de un desvanecimiento anunciado. Misma mala suerte corrida por grandes piezas de no ficción de 2015: Nikkei, Sin vuelta y Francisco Massiani.

Ergo, las verdades incómodas son opacadas y eclipsadas por la industria de la evasión y el escapismo condescendiente. En la pantalla grande, la realidad sufre un proceso de evaporación.

Las razones del problema deben atenderse y merecen una discusión seria. Por ahora, escapan del dominio y del espacio de la columna de hoy. Apenas las recordamos para no fingir demencia e invitar al gremio a tomarlas en consideración. De lo contrario, la tendencia negativa seguirá cobrando sus víctimas audiovisuales. Es decir, los eslabones más débiles de la estructura de producción hecha en casa.

El escamoteo de El silencio de las moscas no resulta fruto de la casualidad. Responde a un asunto cultural. Por algo la dirige, con pleno dominio de facultades, el antropólogo Eliezer Arias, al frente de un equipo técnico y humano de altos quilates.

Música, cámara, sonido, fotografía y montaje componen un ensamble perfecto de resonancias conceptuales. Película de impecable factura, se erige en una obra maestra de un hipnótico acabado expresionista, al límite de géneros como el melodrama social y la atmósfera de un réquiem de terror gótico.  

El filme disecciona una sintomática epidemia acontecida en Mérida: una ola de suicidios desatada desde los años noventa, a la sombra de diversas causas y consecuencias, como el machismo, la homofobia, la incomunicación, el aislamiento, la depresión, la soledad, el abuso sexual, la brecha generacional, la inercia, el desempleo, el abandono y la desarticulación del tejido familiar.

Jamás se pretende imponer una tesis dogmática. El realizador expone cada caso con sumo respeto por el dolor de los otros, de los padres, de los amigos, de los conocidos de quienes decidieron quitarse la vida.

Las imágenes poéticas y los conmovedores testimonios permiten a la audiencia extraer su propia conclusión. Mención aparte la escogencia de las voces protagónicas del reparto coral. Dos madres unidas por el mismo cargo de conciencia y sentido de pésame ante la desaparición física de sus respectivas hijas. Ambas abren y clausuran el largometraje por separado y en conjunto. Reflexionan, dialogan, buscan una explicación, comparten sentimientos de culpa y añoranzas. Las acompañan figuras secundarias no menos interesantes.

La reconstrucción de la inmolación de una chica emo, incomprendida y enamorada del arte de la ilustración, supone uno de los momentos cumbres de la cinta.

Enigmáticos y de gran poder semiótico los paisajes, los encuadres, los detalles, los vestigios de una naturaleza rural insondable.

Abstracto, lírico y espectral como su nombre, El silencio de las moscas amplía la nómina de los grandes documentales vernáculos del tercer milenio.

Arranca lágrimas. Dignifica a sus personajes. Dibuja viñetas inolvidables. Evoca la seriedad de un Herzog, el existencialismo de la vanguardia del género, entre el arrebato personal de Elena y el estudio general de The Bridge. Documentales dedicados a investigar el por qué de la autodestrucción del sujeto posmoderno.

Imborrable el desenlace. Una sucesión de primeros planos de rostros con los ojos cerrados. Una serie de retratos marcados por la pérdida. Nos interpelan, nos sacuden. Aunque usted no lo crea, su melancolía envuelve un llamado a la esperanza. De la tragedia a la segunda oportunidad, al intento de superar el luto.