• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

Maimónides

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Si me es posible, asisto a las presentaciones de libros, vernissages, exposiciones y reuniones intelectuales, porque, además de su disfrute, encuentro que existen motivos para celebrar y brindar por hechos, personajes y situaciones que me ofrezcan alivio y oxígeno en estos tiempos de espirales inflacionarias, abusos parlamentarios, persecuciones políticas, mediocridad e intolerancia. Es, si se quiere, una manera de hacer resistencia a la camarilla militar.

Por lo general, recibo diariamente invitaciones que reviso con atención. Isaac Chocrón (1930-2011) me enseñó un truco, método o mecanismo para aceptar o descartar las invitaciones. Consiste en proyectarse, en verse uno en el lugar de la recepción: la embajada, la galería de arte, la mansión elegante; imaginarse a los anfitriones y sus invitados y preguntarse uno a sí mismo si se ve uno allí. ¡No es ninguna concha de ajo o humo de paja! No. Es un momento de enorme importancia porque de la decisión que se tome depende el traje, la camisa, una posible corbata y, sobre todo, el talante y disposición que tendremos que asumir al entrar y saludar a los asistentes. Lo que resulta difícil de prever es la duración, tenor y calidad de los eventuales discursos que pudieran (des)prestigiar la reunión.

También es este un momento aterrador porque, a veces, los discursos tienen lugar después de que los invitados hemos asaltado reiteradas veces al mesonero que pasa entre los grupos dispensando generosamente el escocés y el vino chileno. Sabemos, sobradamente, que la única explicación o propósito de tanta generosidad es hacer que los tragos acaben pronto y pueda el mesonero terminar su trabajo y marcharse a casa. A estas alturas, ya la lengua se nos ha aflojado lo suficiente como para parlotear con el sujeto o la dama que se encuentren a nuestro lado, pero es también el momento en el que se inician los discursos y nos vemos forzados a mantenernos en silencio; lo que resulta imposible porque con los tragos somos nosotros quienes queremos hablar. Es cuando nos mandan a callar con ese “shiss” que nos convierte, de pronto, en gente ordinaria.

En una ocasión, acepté la invitación para conocer a una importante personalidad israelita de visita en el país, y las palabras de bienvenida fueron encomendadas a un venerable anciano miembro de la comunidad. Yo tenía varios tragos encima y quedé atónito cuando oí que el orador nombraba a Maimónides. Me estremecí, reaccioné de inmediato y grité espantado: “¡Maimónides!”. Y agregué: “¡Y en un cocktail!”. Lo que produjo los inevitables shiss y miradas de reprobación. El anciano, al nomás comenzar su discurso, se había remontado al filósofo judío español, médico, jurista y teólogo que murió en 1204; es decir que para que sus palabras de bienvenida terminaran elogiando al visitante los invitados teníamos que aguantar, al menos, el peso de ochocientos años con Averroes, la filosofía aristotélica, la jurisprudencia talmúdica y, desde luego, siglos de persecución e intolerancia. No seré yo quien ponga en duda la vasta memoria enciclopédica del orador, pero entiendo que invocar a Maimónides para recibir a un hombre de moderna mentalidad en Caracas ¡y entre tragos!, resultaba, si no impropio, desconcertante; por decir lo menos.

Se impone, creo yo, una revisión de las normas y procedimientos sociales referentes a este tipo de recepciones. Una norma, tan clara y categórica como la de Vincenzo Bellini, sería la de no servir tragos antes de los discursos y limitar a un máximo de cinco minutos lo que tenga que decirse a fin de no perturbar el placentero trajinar del whisky por entre los grupos de invitados y evitar, sobre todo, que alguien nos mande a callar interrumpiendo nuestras divertidas aunque banales conversaciones de sociedad.