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Arnaldo Esté

Magnicidio, golpes, verdades y mentiras

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La verdad es escurridiza. Uno trata de atraparla, pero no se logra. Apenas se posa para saltar de nuevo.

A los mesías políticos les molesta esa condición brincona de la verdad. Necesitan verdades fideicas, trascendentes, estables, amarradas a ellos mismos.

Pero faltando el mesías hay que ser fieles a su herencia. Una herencia que se ha descubierto funesta. Es una paila que hay que raspar cuando miles de acreedores llegan por lo suyo. Es cuando los juramentos se hacen incómodos y dejan aserrín en la boca.

La confesión de esa paila vacía y de sus acreedores va saliendo. Se comienza por hablar y encontrar errores, desfalcos, torceduras, con cierta timidez de gente honrada. Pero alguien, de una cierta calidad ética, desde la mayor intimidad de palacio, terminará por cansarse, de sentir que es mucha la carga para su conciencia y lo soltará todo, todo lo de este fraude de revolución. De sus torceduras teóricas, de sus improvisaciones inmaduras, de su curso itinerante, de ese gobernar al ritmo de un micrófono. ¡Ya vendrá!

Los herederos, que cada vez serán menos, seguirán defendiendo las verdades heredades. Entre otras, esa verdad de que hizo visibles a los pobres. Ciertamente, ahora vemos más claramente a los pobres, pero, ¡ay, fatalidad!, los encontramos tan pobres pero con la dignidad hipotecada.

Una pobre capacidad para mentir aparece en todo, como un logotipo, no solo en los activistas y batalladores del Ejecutivo, sino también en los personajes de las otras instituciones. De la Asamblea Nacional, del Tribunal Supremo, la Defensoría, la Fiscalía, el Consejo Electoral.

Pero hay mentiras costosas. Para un gobierno, para cualquier gobierno, confesar que ha develado un golpe de Estado o un intento de magnicidio es grave. Le está diciendo a todo el mundo que es inestable, que no conviene invertir ni venir a turistear. Que sus decisiones son circunstanciales y dependientes de esa coyuntura. En fin, una alharaca distractora muy costosa para la nación.

Así, se acumulan problemas en todos los órdenes, a los que se agregan los problemas de personal: no encuentran gente capaz para las funciones. Se les agotan los nombres y les fracasan los improvisados. Mucha cosas parecen anunciar una posible implosión. El autoacorralamiento de un gobierno que se siente cada vez menos capaz de lidiar con tantos problemas y la carencia de gente capaz de hacerlo. Un carrusel de cambios, una creciente burocracia.

Pero viendo la cosa con una difícil calma, la interrogante más común se nos viene encima. Te la recuerdan como rezo de angustia: ¿Qué va a pasar?, ¿quién puede resolver esto?

Ese alguien no existe. No es un tercero. Ese alguien somos todos nosotros, incluidos los de este desastre de gobierno.

Buscar una transición, una coalición que nos reúna. Que se dedique al país, a reconstruirlo, sin excluir diversidades ni procesos electorales, pero concentrando lo mejor de todos nuestros esfuerzos para salir del hueco.

Poco a poco irá, hasta madurando, hasta esta idea.

@perroalzao