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Pedro Conde Regardiz

Maduro y el terrorismo

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Maduro llama apología del terrorismo a la resistencia al terror. Olvida que el tinglado de esta farsa, pues no tiene nada de diálogo y menos en condiciones desiguales, pero apelando a la Constitución tantas veces como la infringe, se ha montado expresamente para estabilizarlo y maquillar la imagen pésima que el gobierno tiene en el exterior. No había otro medio mejor para colocarle unas muletas y darle continuidad al chavismo. Esta continuidad que desgobierna a Venezuela desde hace quince años es un proceso ascendente de monopolización de la violencia aterradora del Estado (como diría, quizá, el inefable profesor Escarrá): del Estado, por el Estado y para el Estado. La definición misma del fascismo, tal como reinó durante los gobiernos de Hitler y Mussolini y desgobierna aquí por confusión y desinformación, acentuándose, sobre todo, desde la muerte del caudillo.

Ningún venezolano ni latinoamericano ha olvidado aquella espectacular agonía, espantosamente aterradora, que en la realidad política que le sucede se refleja y prolonga infinitamente para aterrorizarnos con apariciones mediáticas. Se ha convertido en un fantasma amenazador, de continuidad destructora del país con  el socialismo, como si ya la humanidad no hubiera rechazado tal ideología al derrumbarse el muro de Berlín. Ciertamente, desde el Estado se aterroriza con un lenguaje anterior al colapso del socialismo real, tal como lo calificó Breznej, para entonces secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, con el uso inadecuado, exagerado de la fuerza pública, con detenciones masivas, asesinatos, secuestros, obligación de presentarse ante organismos judiciales, que es un despojo de derechos políticos para arrojar una ciudadanía limitada, eunucos políticos.

Se aterroriza originando incertidumbres en el futuro de la juventud al cercenar posibilidades de realización. Al desdeñar la defensa del territorio por no insistir en la reclamación del Esequibo. En fin, por la calamitosa calidad de vida ante la cual el gobierno es indiferente al no instrumentar, con una praxis acertada, las políticas públicas correctas que exige la realidad. Estos quince años epigonales han destruido gran parte del progreso que se había logrado durante los últimos setenta años. Han hecho mucho daño a los venezolanos, bien que la pretensión de escamotear el sufrimiento lleve a desdibujarlo con estadísticas amañadas.

Desde un principio hubo indecoroso consenso oficial. Renuncia a la ruptura con el reciente pasado destructor y darle paso a la reforma que, dado el deterioro económico-social y político, constituye una revolución, más bien acentuación de la potencia aterrorizadora del Estado con el mejor colaborador, digamos cómplice, de la trampa y de la impostura política estabilizadora, vivificadora de sí misma. La amplitud y profundidad del terrorismo estatal lo falseó y falsificó casi todo hasta pudrirlo. Hoy llega a parecernos paradójicamente trágica la agonía del cuerpo social venezolano. Este año agonizante lo es mucho más para quienes siguen luchando por la independencia y libertad como los estudiantes que toman el relevo de las generaciones anteriores que también entregaron su energía juvenil a soñar otro país que ahora transita un período de sumisión a una ideología desfasada del progreso humano y a pretendidos nuevos imperios. Es triste recordar los años universitarios cuando se aspiraba a construir la anhelada democracia y constatar el pésimo inventario de hoy.

Desde 2013, vivimos los venezolanos una trágica interinidad, es lo que el historiador llamaría un interegno. Un intermedio trágico-grotesco. Un entretanto aterrador. No ha sido solamente la pantomima de esgrimir cada rato la Constitución al tiempo que se infringe para tratar de desbaratar la entereza de todos y cada uno de nosotros y arrojar escombros de lo que era el país al destruirlo el terrorismo de Estado del socialismo del siglo XXI.

psconderegardiz@gmail.com