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Fernando Luis Egaña

Maduro y la represión

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La hegemonía apela a la represión para tratar de impedir que se desintegre el orden público. ¿Por qué? Por la gravísima crisis -crisis existencial, si las hay- que padece el país. Si en un tema venezolano existe un cuasi-consenso es que la situación presente es muy mala y las perspectivas son peores. En ello tienden a coincidir opositores y oficialistas. Claro, unos y otros alegan razones distintas, y parte de los segundos le echa la culpa a los primeros. 

Pero la percepción sobre el agudo deterioro de la realidad económica, social y política de Venezuela, crece y se acuerpa en todas las regiones, sectores y estratos de la nación. En todos. No es una percepción "clasista", como algunos pretenden hacer ver, sino una de alcance "policlasista", para usar un término de vieja y conocida data en nuestro diccionario político-social.

Y es lógico que así sea porque es muy difícil de justificar el que Venezuela se abisme a una crisis de ribetes humanitarios con el barril de petróleo en 100 dólares. A Maduro la gobernabilidad venezolana le ha quedado muy grande, y tal consideración la están haciendo con mucha insistencia desde sus propias filas. La marea de la mega-crisis parece que se encrespa día a día, y la única respuesta visible del régimen es la represión política, la represión económica, la represión comunicacional y la represión violenta de las protestas ciudadanas. 

A Maduro y su gabinete le inquieta sobremanera que la rebeldía de los estudiantes y de tantos sectores impulse, así mismo, la rebeldía masiva de específicos ámbitos sociales que tradicionalmente han sido identificados con su parcialidad política. La escasez, la carestía, la penuria y la explosión de violencia criminal están haciendo especialmente de las suyas en estos ambientes, y los efectos de todo ello tienen consecuencias terribles. Los saqueos en diversas regiones y ciudades principales, lo demuestran. 

La convocatoria a una "conferencia de paz" por parte de Maduro, busca detener la ola de la protesta y atenuar el compromiso cívico al respecto. Los castristas son duchos en tramoyas, pero uno imagina que a estas alturas, los representantes de la plataforma opositora no están dispuestos a jugar el juego de los disimulos democráticos. Llevamos demasiado tiempo en eso y el país lejos de avanzar se ha desbarrancado. Además, los llamados al "diálogo" no pueden tener credibilidad alguna si se realizan a la par de intensificar todas las facetas de la represión.

"Obras son amores y no buenas razones", es decir que la represión tiene que cesar ya, los responsables de los asesinatos y las torturas tienen que ser evidenciados y procesados, los derechos y libertades tienen que ser efectivamente asegurados y, en suma, el régimen imperante debe dejar de ser una hegemonía despótica para adaptarse a los principios y normas de la Constitución. ¿Esto es viable? Sin presión popular, no.

Más aún, la reciente declaración de la Conferencia Episcopal Venezuela expresa claramente lo siguiente: "En nuestro país existen visiones plurales con grandes diferencias entre ellas. Ningún modelo social o político tiene el derecho a imponerse a los demás. La Constitución venezolana garantiza las condiciones de una sociedad pluralista en sus visiones". Acá está el meollo de la cuestión. Un sector político-militar sólo busca imponerse al conjunto nacional y, encima, con absoluto desprecio al pluralismo venezolano.

De allí que las protestas sean plenamente justas y legítimas. Si lo son ante los desmanes o excesos de los gobiernos democráticos, con más razón lo son ante una satrapía represiva, corrupta e inepta, que ha sumido a Venezuela en una crisis de naturaleza, repito, existencial. La represión de Maduro no sólo no le está ayudando a atemorizar a los venezolanos, sino que está poniendo de manifiesto, todavía más, el porqué esta nación necesita superar la hegemonía.