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José Domingo Blanco

¡Maduro menú!

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A lo lejos, un flaco -muy flaco- que no reconozco, comienza a agitar sus brazos al mejor estilo de CAP en campaña electoral. La distancia no me permite reconocerlo, aun cuando es evidente que él a­ mí sí. A medida que se me aproxima, apelo a mi buena memoria para rostros y nombres; pero, nada: sigo sin saber quién es. Hasta que lo tengo de frente y su voz lo delata. Finalmente, identifico en ese flaco al amigo de la infancia, al compañero de bachillerato, al compinche de los años de juventud y al socio de las andanzas profesionales. Se ha quitado unas cuantas tallas de encima; sin embargo, no me atrevo a preguntarle las causas de su extrema delgadez. No quiero que me responda como Pedro, mi pana el motorizado, quien también luce mucho más flaco y no precisamente por recomendación del doctor: “le estoy dejando la comida a mi mujer y a mis hijas. Yo resuelvo con cualquier cosita. Mira esto –me dice Pedro, señalando su cinturón- le tuve que abrir dos huecos a la correa. Pero es que esta situación está muy arrecha Mingo y los reales no me alcanzan. Así que empecé a comer menos para que, lo que puedo comprar, alcance para ellas”. Duele, duele mucho saber que el hambre pasó a ser la constante de muchos hogares del país y es el plato principal de la mesa de los venezolanos.

Y lo que me dijo Pedro, en el fondo, es similar a lo que escuché mientras hacía la cola en el banco. Un señor le comentaba a un compañero de trabajo: “la poca carne o pollo que mi esposa y yo podemos comprar, se la estamos dejando a los chamos. Nosotros, nos las arreglamos con yuca o plátano sancochados con un poquito de queso. Tenemos que bandearnos con lo que hay porque si no, no hubiéramos podido pagar el colegio. La otra noche mi esposa y yo estábamos sacando las cuentas y si la matrícula y las mensualidades del colegio suben a lo que nos dijeron, nos va a tocar cambiar a los niños a un liceo público”.

Ya no me atrevo a preguntarle a nadie si su flacura es por dieta, estética, ejercicio u orden médica. Comprar comida se lleva una buena parte del ingreso familiar. Y la gente está cambiando sus hábitos alimentarios para amoldarlos a la inflación y a la escasez. Hay optimistas que asumen esta situación como la oportunidad para comer más sano: “no como frituras porque no hay aceite; todo lo preparo a la plancha o al vapor; la falta de harinas, me ha hecho comer más verduras; como no hay azúcar, me quité los postres. Me eliminé la leche, porque no la consigo nunca. Al final, la Dieta Maduro, está ayudándome a mantener a raya mis niveles de colesterol, triglicéridos y glicemia”. Y ese racional estaría bien, pero sólo para los mayores de 40 años a quienes, por salud, les resultaría favorable comenzar a comer más balanceado. No para nuestros niños y jóvenes cuyos requerimientos nutricionales, para un desarrollo físico óptimo, abarcan mucho más que yuca o plátano sancochados.

A las caras de tristeza que veo por todas partes, se les están sumando unos cuerpos que deambulan tratando de esconder su extrema delgadez. El hambre –que según algunos– todavía no es hambruna, está abriendo huecos en los cinturones de los venezolanos, porque las barrigas desaparecen y las cinturas se estrechan. Porque el hambre de la Venezuela del Siglo XXI ya no es fácil de amortiguar con un pedazo de pan. Porque, hasta para comprar una “canilla” hay que hacer cola y tener en la cartera lo suficiente como para poder cubrir su precio, que oscila de acuerdo a si el panadero consiguió suficiente harina o no.

Me duele ver como mi país, al que tanto quiero, no tiene comida, no tiene medicinas, no tiene seguridad, aunque sí le sobran políticos miserables que sólo se ocupan de negociar y hacer tretas para mantener sus cuotas de poder. Me impresiona leer declaraciones como las de la mamá de Chávez –a quien, insisto, “intento” comprender porque debe ser muy duro perder a otro hijo– que plañe desesperada por la indolencia de los dirigentes de su régimen, el régimen que ideó su hijo Hugo junto con los Castro. Porque, entre tanto llanto y pesar justificado, la mamá de los Chávez difuntos responsabilizó a ministros de éste, su régimen, de que su muchacho no hubiera sido llevado a Cuba para curarle la infección que, en otra circunstancia país, hubiera podido ser tratada hasta en el dispensario más sencillo de Barinas y los medicamentos adquiridos en cualquier botica de la ciudad. Pero, hoy no. Hoy, a la mamá de Hugo y Aníbal, le tocó vivir lo que a cientos de venezolanos les toca padecer a diario. Un hecho significativo que revela cuán profundo es el daño que este régimen de Chávez –profundizado por Nicolás– le ha hecho a Venezuela…y que nadie, por más afín al desgobierno que sea, está exento de sufrir las consecuencias de tanta pobreza y destrucción.

 

mingo.blanco@gmail.com

@mingo_1