• Caracas (Venezuela)

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Maduro es verdaderamente una catástrofe nacional. Uno apenas puede concebir que el día en que el CNE le da la  gana de fijar las elecciones parlamentarias el señor presidente, nunca hubo un presidente menos presidente, dice a todo pulmón que de ganar la oposición la Asamblea se va a  armar una suerte de guerra a muerte en las calles del país, comandada por él, tan feroz que va dejar como “un niño de pecho” el sangriento 27 de febrero, porque el pueblo no se va a dejar arrancar sus derechos adquiridos en  revolución. Esto no merece respuesta, pero al menos preguntemos qué sentido tiene entonces hacer elecciones, permitidas y tuteladas por su gobierno, o porque si el pueblo mayoritariamente vota contra su desastroso mandato se va a rebelar tan encarnizadamente contra sí mismo, contra su voluntad soberana.  Bestialismo político, mandatarios del  horror. Que ello tenga, por supuesto, mucho de terrorismo electoral no lo hace menos abominable, al contrario.

Sirva esto de prefacio a lo que queremos tratar. Está en pleno proceso de elaboración una de las más osadas piruetas que haya intentado nuestro primer magistrado. El segundo acto del caso Serra. Todos recordamos que pocos días después del abominable acontecimiento, violando todo lo que hay que violar, el primer magistrado dio una versión truculenta del mismo: se trataba de un crimen político, obra de paramilitares colombianos, dirigidos por un sujeto que tiene la desgracia de tener el sobrenombre de “el Colombia”, dependientes en última instancia, ¿cuándo no?, de Álvaro Uribe Vélez. El objetivo: sembrar el terror para desestabilizar el país. Poco más o menos este es el cuento.

Tal relato se cae casi al momento de ser formulado. La investigación policial demuestra que se trata de un crimen propiciado por el jefe de seguridad del joven diputado, de ribetes pasionales y vengativos, realizado por delincuentes comunes, con un cuantioso robo. Ni asomo de motivaciones políticas, ni de participación de colombianos. Es más, el embajador de Colombia se permite develar en un programa de radio esta realidad con todas sus letras y en tono de protesta por el atropello contra su país. Es también muy probable que una visita de la canciller colombiana haya ratificado este rechazo, ya formulado en pasada ocasión, por mezclar a Colombia, y al dos veces presidente de la república, en muchas de las ollas del gobierno venezolano. Maduro se calló por unos meses.

Pero la extradición de “el Colombia” lo ha predispuesto a reivindicar su maltratado currículo de policía. Y a pesar de tanta evidencia, y hasta de tanto prudente silencio de los suyos, está elaborando en cámara lenta una versión modificada del crimen: el Colombia, que ni colombiano es, participó decisoriamente con otros paramilitares en la operación, pero esta vez supeditado a un verdadero colombiano, detenido recientemente, acusado por otros delitos, pero que además de la nacionalidad se llama, para su desgracia, Julio Vélez, y quien es el cerebro y gestor del asesinato. Por supuesto engarza con Álvaro Uribe Vélez. Y, para mayor suspenso, hay un diputado venezolano incógnito involucrado en los acontecimientos.

En este caso, como en otros, no importa la investigación policial. Por más que se detenga a los autores y se les tipifique como delincuentes comunes, y se evidencie el motivo, siempre habrá la manera de suponer autores intelectuales y secretas intenciones. En el caso de Otayza, por ejemplo, se han agarrado algo así como diez malvivientes implicados en el bárbaro asesinato, se han aclarado todas las circunstancias, pero falta uno por detener. Justo el contacto con los autores intelectuales.

PS: A la hora de cerrar estas líneas, el primer magistrado está haciendo otra acusación sensacional, contra el alcalde Ledezma y el Foro Penal.