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Armando Durán

Maduro y el fútbol

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Una vez más, la fiebre del fútbol se ha adueñado del corazón de los venezolanos. Poco importa que en Brasil la protesta popular y la incapacidad oficial pongan en entredicho esta nueva versión del Mundial. En Venezuela ya estamos inmersos en un campeonato que, a decir verdad, se desarrollará en un área sentimental ajena por completo a nuestros intereses actuales como nación. No obstante, hoy por hoy, el fútbol parece afectar más a los venezolanos que la farsa judicial que el régimen comenzó a representar la semana pasada con la sentencia en contra de Leopoldo López, Christian Holdak y Marco Coello. Farsa grotesca que proseguirá ahora con la comparecencia escalonada, misteriosamente en calidad de testigos y no de imputados, de María Corina Machado, Diego Arria y otros ciudadanos, acusados con insistencia por Nicolás Maduro y el Alto Mando Político de la Revolución de ser asesinos que conspiran con el imperio para ejecutar un golpe de Estado y su correspondiente magnicidio.

Se trata, sin duda, de una contradicción entre la frivolidad de unos partidos de fútbol y la incógnita que ensombrece el destino nacional. ¿Acaso esta indiferencia ante temas tan significativos como la libertad y la justicia es el producto natural de eso que desde hace años llamamos la “antipolítica”? ¿Bastaría realmente atribuirle la culpa de esta desviación al justificado malestar que nos produce la mediocre práctica del oficio, tal como lo ejercen nuestros políticos “profesionales”, para que le demos una trascendencia mayúscula a lo que a todas luces constituye una manifiesta e indiscutible expresión de banalidad?

Hace muchos años, en 1930, José Ortega y Gasset publicaba un ensayo titulado “El origen deportivo del Estado”. En sus páginas señalaba que la vida plena se nos presenta siempre como un esfuerzo utilitario, visión que a su vez nos lleva a pensar que el único esfuerzo que vale la pena hacer es el esfuerzo superfluo, cuyo “ejemplo más claro es el deporte”. De acuerdo con esta visión de nuestra vacilante posición en el mundo, la vida ideal, propiamente hablando, “es solo la de cariz deportivo; lo otro es mecanización y mero funcionamiento”. Vaya, grisura y puro esfuerzo utilitario. ¿De ahí que en la conciencia de las grandes mayorías nacionales el Mundial de Fútbol tenga mayor peso y calidad que la lucha de un grupo de venezolanos resueltos a perder la libertad y hasta la vida por devolverle a Venezuela la democracia como sistema político y forma de vida?

Es un tema sobre el que vale la pena reflexionar, porque el Mundial que comenzará en Brasil dentro de muy pocos días puede ser visto como una  metáfora de la trivial insignificancia de nuestra existencia, sobre todo, porque se produce mientras Venezuela se hunde en la mayor crisis de su historia, una realidad que nos atañe dramáticamente a todos. Como si la misión real del deporte en estos momentos fuera la de encubrir y disimular lo que nos aguarda, de manera irremediable, a la vuelta de la esquina. O sea, el deporte como simple droga anestésica, que en la práctica, por ejemplo, nos permita hacernos los locos, mirar en otra dirección y no tener en cuenta para nada, como si no lo supiéramos, las 76 horas empleadas a lo largo de 3 días por la fiscal Narda Sanabria, mano derecha de Luisa Ortega, y la jueza Adriana López para negarles arbitrariamente su derecho a la justicia y la libertad a López, Holdak y Coello. Y como si esa farsa de testigos equívocos, testimonios inverosímiles y falsedades de todo tipo, sumada a la que comienza estos días en la Fiscalía, no tuviera para todos y cada uno de nosotros ninguna significación.

Quien sí parece aprovechar esta distorsión de los valores y la realidad es Nicolás Maduro. A su regreso de China, en septiembre del año pasado, él justificó su inasistencia a la Asamblea General de Naciones Unidas con el argumento de una denuncia escalofriante: “El clan, la mafia de Otto Reich y Roger Noriega, una vez más, tenían planeado una provocación loca, terrible, en Nueva York, pensada para afectar mi integridad física”. Desde hace varias semanas, ha vuelto a formular la existencia de otra conjura macabra, encabezada por María Corina Machado, Diego Arria y otros adversarios políticos del régimen.

La denuncia del año pasado, sin embargo, no pasó del enunciado retórico. Ahora, ocho meses más tarde, la situación del país es otra. La crisis se ha hecho insostenible y el débil liderazgo de Maduro dentro de las filas del propio chavismo amenaza con hacerse humo. Las palabras, pues, ya no bastan. La magnitud del descontento popular y las protestas exigen pasar a los hechos. De ahí el desmán judicial de la semana pasada y el que se prepara para los próximos días. Y uno se pregunta si esta sostenida y violenta reacción del régimen contra la disidencia insumisa es meramente casual o si estas acciones concretas de acoso y derribo se ejecutan precisamente ahora porque algún asesor de Maduro, en Miraflores o en La Habana, habrá pensado que el espectáculo del Mundial de Fútbol en Brasil bastará para sofocar durante 30 días las inquietudes rebeldes de los adversarios políticos del régimen. ¿Será posible?