• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Freddy Lepage

Maduro duerme con el enemigo en casa

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Las luchas intestinas en el PSUV, aun cuando traten de minimizaras u ocultarlas, se desarrollan sostenidamente. Maduro no tiene la formación ni el liderazgo necesarios para afianzarse en el poder. El líder máximo de la revolución bolivariana, se creyó eterno y, por ende, nunca se ocupó de preparar una sucesión ordenada. Los hechos lo agarraron por sorpresa, era demasiado tarde para semejante tarea.

Por eso Maduro tiene que andar con pies de plomo y negociar con sus pares cada una de las decisiones que toma a los efectos de no herir susceptibilidades, ni pisar callos irritantes. Esto obliga a que su mando sea compartido. Nada de caudillismos ni jefazos como en el pasado, eso se acabó.

Ahora, la situación es distinta y la torta se debe repartir; de allí los anuncios para halagar o mantener, tranquilos, a las camarillas empoderadas (como por ejemplo, la creación de un banco exclusivo para los militares). En suma, estamos en presencia de un Gobierno corporativo, obligado a atender y satisfacer los requerimientos y las aspiraciones de las facciones de los que depende su sostenimiento. El pegamento que los une es la ostensible fragilidad del régimen, aunque las zancadillas, aun veladas, no cesan.

En este contexto, en el montaje del circo homofóbico en la Asamblea Nacional de Diosdado Cabello y Pedro Carreño subyace la intención de dañar a Maduro quien, al día siguiente, se vio obligado a salir raudo y solícito a reunirse (sin sus compinches de ese sórdido y escatológico espectáculo) con grupos representantes de la diversidad sexual, a modo de desagravio. Se supone que él es el superior de esa envalentonada jauría. Pero, ¿los controla? A juzgar por lo ocurrido, parece que no.

¿Qué se buscó con esa vergonzosa sesión de la Asamblea Nacional? Sencillo: desacreditar y amedrentar a la oposición y prender el ventilador de los excrementos para degradar a nivel cloacal el tema de la presunta lucha contra la corrupción. Es decir, torpedearlo, prostituirlo, para que pierda entidad, sobre todo, si se juzga por el (des) prestigio de quienes han oficiado de verdugos, como también por el lenguaje utilizado. Esta postura se podría comparar con aquellas cínicas declaraciones (en 1931) de Al Capone a un periodista norteamericano que rezaban más o menos: “… La corrupción campea en la vida americana de nuestros días. Donde no se obedece otra ley, la corrupción es la única ley. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas”…  

Por su parte, Maduro sólo ha metido preso a uno que otro funcionario público de segunda categoría, pero a ningún pez gordo (que los hay a montones), ni a ningún boliburgués mayamero; o sea, algunos gestos o trapos rojos, al tiempo que plantea, sin muchas precisiones, un debate sobre la corrupción. Mientras tanto, las elecciones municipales siguen su curso. Pero, él sabe que tiene que dormir con un ojo cerrado y otro abierto, ya que comparte habitación con el “enemigo”. ¿Será por eso que obliga a Diosdado a darle una habilitante con plenos poderes? Así, el papel de Diosdado quedaría reducido al de conserje legislativo.

Estado delincuente, es el título del interesante e inprescindible trabajo de Carlos Tablante y Marcos Tarre (La Hoja del Norte, 2013), con prologo de Baltazar Garzón. En él se desvela descarnadamente el Estado paralelo e ilegal que vive del Estado oficial, lo corrompe, lo pervierte y se aprovecha de él para traficar con drogas, armas, para robar, estafar, para secuestrar, extorsionar o asesinar. En fin, una radiografía valiente y descarnada de la corrupción en nuestro país que actúa impunemente desde los más altos niveles del Estado. El libro cobra particular vigencia por el debate político planteado.