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Gonzalo Castellanos

Maduro colombiano

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Si resulta que Nicolás Maduro nació en Colombia, como se rumora y escudriña paradójicamente en busca de una salida frente al caos que ha ahondado en su gobierno, bien podría predecirse el peor escenario: este cruza la frontera contra la que tanto vitupera, pide nueva cédula en Cúcuta y en poco tiempo llega a ser alcalde o congresista (deméritos suficientes tiene para triunfar en una u otra aspiración).

Y es probable que acudiendo a una tutela se pensione luego sin límite salarial y viaje sin visa a Europa con pasaporte colombiano. Ojalá esto fuera escena de comedia, de tragedia para mayor exactitud, representada en una obra del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, pero lamentablemente es una posibilidad a la vista.

Puesto que el petróleo sangriento hace silenciar a los vecinos, a los Estados beneficiarios de negocios, a las organizaciones internacionales, propicio sería que el teatro pusiera en cuestionamiento profundo cuanto atropello ocurre en Venezuela. Una recreada escena del absurdo en donde el insaciable presidente venezolano (puño al aire, balbuceando algo sobre una revolución inexistente) va desempacándose de la desjetada sudadera tricolor llena de estrellas, mientras regla en mano un asno le toma lección frente al tablero de escuela.

El teatro Sí; porque, entre tanto, otros estamentos callan. Con la consistencia de una pompa de jabón, la Unasur invita a un diálogo (Gobierno-oposición). En Latinoamérica ocupa más espacio cuanto sucede en Crimea, Egipto, Siria o Corea del Norte. La ONU, que pasmosamente hizo poco contra el genocidio de 800.000 personas en Ruanda en pocos meses y que tarda montones de muertos para emitir veto o voto, tampoco se ocupará por ahora de Venezuela.

Petróleo sangriento que aquí a conveniencia alcanza para defender la “autodeterminación” de los pueblos que en otros casos cuestiona sin pudor. Es palpable que en Venezuela no hubo ni están en curso una revolución social (esa legítima aspiración de los pueblos) ni una transformación positiva como en otros países que en el Continente optaron por gobiernos de izquierdas (Chile, Brasil, Ecuador); hay solo un errático régimen de abuso, de mordaza, de venganza que ha sabido negociar la indiferencia internacional.

Acaso por ahora la única alternativa para los vecinos esté en que Maduro no sea venezolano. Y sí es colombiano, ¡peligro!