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Fabio Rafael Fiallo

Maduro sin OEA y sin Unasur

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“Dios, cuídame de mis amigos, que de mis enemigos me cuido yo”, reza un viejo y sabio refrán que sugiere la necesidad de permanecer ojo avizor con respecto a nuestras amistades y relacionados más cercanos. En su obra cumbre El príncipe, Maquiavelo no dice nada diferente al afirmar que el potencial de traición de un cortesano es directamente proporcional al grado de confianza que el mismo haya sabido concitar en su entorno.

Esto viene a colación al notar que la confianza que el régimen castromadurista había puesto en Unasur parece estar resquebrajándose.

Unasur fue creada por el “comandante eterno” en una época en que el populismo de la izquierda castrochavista no había comenzado aún su proceso de deterioro (con la secuela de decepciones que dicho proceso ha traído consigo), y en que los astronómicos precios internacionales del oro negro le permitían al régimen chavista derrochar petrodólares venezolanos en la compra de alianzas internacionales. Unasur se convirtió así en una caja de resonancia de los posicionamientos e intereses del chavismo y se autofertaba como una alternativa 100% caribo-latinoamericana frente a una OEA maculada, según el consabido discurso “antimperio”, por la presencia de Estados Unidos en su seno.

De ahí que, en los momentos actuales, en que la comunidad internacional está tomando conciencia del carácter dictatorial del régimen venezolano, dicho régimen intente conseguir a través de Unasur el apoyo que ha perdido en los otros foros internacionales.

La toma de conciencia de la comunidad internacional con respecto a la situación venezolana se debe en gran medida al coraje y la firmeza del actual secretario general de la OEA, Luis Almagro, quien, con un detallado informe de 132 páginas, y en conformidad con la Carta Democrática Interamericana adoptada por los Estados miembros de la OEA en 2001, ha contribuido a sacar a los gobiernos de nuestro subcontinente de su indiferencia e insensibilidad ante el calvario del pueblo venezolano.

 “Con Unasur todo, con la OEA nada”, fue la frase pronunciada a principios de mayo por Nicolás Maduro en un intento de privar a la OEA y a su corajudo secretario general de toda iniciativa tendente a restablecer el Estado de Derecho en Venezuela. De ahí la iniciativa de Maduro (la cual culminó en un humillante fracaso) de impedir la reunión extraordinaria de la OEA convocada por Almagro para el 23 de junio con el fin de tratar la crisis venezolana.

Ahora bien, apostar por Unasur no está exento de riesgos para Maduro y su régimen. La correlación de fuerzas en el seno de dicha institución ha venido evolucionando, de tal forma que países miembros, gobernados hasta hace poco por políticos dependientes financiera y/o políticamente del chavismo, tienen hoy nuevos dirigentes sin ataduras con el mismo.

Paraguay ya no está gobernado por Fernando Lugo, ni Argentina por los esposos Kirchner, ni Brasil por el binomio Lula-Rousseff, al mismo tiempo que en Perú el presidente electo, Pedro Pablo Kuczynski, ha dejado claro que abogará por el respeto de los derechos humanos y la liberación de los presos políticos en Venezuela.

De los doce Estados del subcontinente que (incluyendo Venezuela) integran Unasur, seis multiplican sus declaraciones deplorando la erosión de la separación de poderes, la polarización política reinante en Venezuela y la necesidad o utilidad de celebrar un referéndum revocatorio en el año en curso. Son ellos Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Paraguay y Perú. A esto añádase que el canciller de Uruguay se ha sumado a sus homólogos de Argentina y Chile para reclamar un diálogo efectivo entre el gobierno y la oposición. Cabe igualmente tomar en cuenta que Guyana, otro Estado miembro de Unasur, mantiene un litigio con el gobierno venezolano en torno a la región fronteriza del Esequibo, en la que se acaban de descubrir importantes yacimientos de petróleo y gas natural.

Un simple conteo muestra que de los doce países miembros de Unasur, hay ocho que no van a decir amén a todo lo que se le ocurra al inquilino de Miraflores.

No debería sorprendernos si en un futuro cercano llega a ser más fácil adoptar en Unasur una resolución emplazando al gobierno de Maduro a respetar los cánones democráticos, que en una OEA compuesta por 34 Estados miembros, de los cuales muchos le siguen debiendo favores financieros al régimen venezolano.

Esto ayuda a comprender por qué, hace algunos días, Maduro no descartó dirimir desavenencias en el seno de la OEA, cuando afirmó que ningún país le impondría un referéndum revocatorio “a menos que lleguemos a un acuerdo en la OEA”. Su estridente grito “con la OEA nada” parece haber durado lo que dura el hielo en el desierto.

Es cierto que –a diferencia de la OEA con Luis Almagro– la Secretaría de Unasur está dirigida por un Ernesto Samper que se comporta como un dócil edecán del inquilino de Miraflores. No obstante, el margen de maniobra de ese ex presidente colombiano reciclado en quinta columna del madurismo en Unasur se ha venido reduciendo a causa de la nueva correlación de fuerzas imperante en esa organización.

Un primer indicio de las dificultades que tendría Samper en caso de seguir actuando como vasallo del madurismo lo constituye la advertencia que le lanzara recientemente el actual canciller de Paraguay, Eladio Loizaga, quien subrayó la disconformidad de su gobierno con las iniciativas tomadas por él, con respecto a Venezuela, sin consultar previamente a los cancilleres de los Estados miembros de esa organización.

Otro revés considerable que acaba de sufrir Samper es haber tenido que suspender una reunión de Unasur sobre Venezuela, convocada para el mismo día en que tendría lugar la de la OEA. La convocatoria de Samper fue formulada con un objetivo ostensiblemente favorable al régimen venezolano, “evaluar el avance del diálogo”, intentando hacer creer que se habían registrado avances al respecto.

Tales términos contrastaban con los expresados por Almagro con respecto a la reunión de la OEA, a saber: determinar “cuáles han sido los obstáculos que ha enfrentado la iniciativa (es decir, el diálogo), por qué aún no ha podido concretarse y cuáles serán los caminos para destrabar la situación”.

A final de cuentas, Samper no pudo salirse con las suyas. Con el rabo entre las piernas, tuvo que suspender la susodicha reunión “en aras de preservar la unidad regional”, y ello “después de realizar las consultas con los distintos países”.

Tarde o temprano, el propio Samper, a fin de preservar lo que le queda de autoridad en Unasur, se verá obligado a cambiar de chaqueta y reclamarle a Maduro que ya es hora de buscar una salida efectiva a la tragedia que viven los venezolanos.

En el linaje de Maquiavelo, podría decirse que la complicidad con un régimen tambaleante termina en el momento en que el oportunismo aconseja darle la espalda. Y el caso de Samper no habrá de ser una excepción.