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Sergio Dahbar

La orgía destructiva

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Nadie puede discutir que esta semana los venezolanos atravesaron una línea –invisible o no– que por catorce años el gobierno del presidente Hugo Chávez no se atrevió a cruzar. No por bueno ni por santo. Era astuto. Diosdado Cabello ha confesado que el presidente frenaba muchas locuras suyas. Vaya uno a saber cuál es la verdad.

Estratega de la destrucción de un país carcomido por muchos males históricos, el Eterno sabía cómo arrasar personas, instituciones, empresas, pero también conocía el momento en que debía retroceder. Así gobernó hasta su muerte.

Articulador de muchas fuerzas perversas, Chávez fue el creador de una causa sagrada (el chavismo), energía capaz de anestesiar la sensibilidad de muchos seres humanos ante el sufrimiento de los otros.

Lo vimos en estas noches cuando GNB y colectivos ilegales motorizados disparaban –amparados por el caos– contra individuos que corrían por diferentes zonas de la ciudad. Dos cayeron asesinados. Y el país chavista siguió adelante, como si nada.

La idea de una causa superior, capaz de minimizar las preocupaciones por la muerte de otro ser humano, no es mía, sino del filósofo esloveno Slavo Zizek. Lo recuerdo ahora porque la experiencia de los Balcanes merece ser atendida por Venezuela en estos días que corren. Hay allá lecciones que aquí interesan sobremanera.

Uno de los nombres claves para entender el conflicto de los Balcanes es el de Radovan Karadzic, responsable de la limpieza étnica atroz que arrasó la antigua Yugoslavia. Psiquiatra de profesión, militar sanguinario y político audaz, también era poeta. Escribió las líneas que siguen.

“Convertíos a mi nueva fe, muchedumbre./ Os ofrezco lo que nadie ha ofrecido antes./ Os ofrezco inclemencia y vino./ El que no tenga pan se alimentará con la luz de mi sol./ Pueblo, nada está prohibido en mi fe./ Se ama y se bebe./ Y se mira al Sol todo lo que uno quiera./ Y este dios no os prohíbe nada./ Oh, obedeced mi llamada, hermanos, pueblo, muchedumbre”.

Como bien anota Slavo Zizek, estudioso de la obra de Jacques Lacan y del cine contemporáneo, en las líneas de este poema se percibe “el llamamiento obsceno y brutal a suspender todas las prohibiciones y disfrutar de una orgía permanente destructiva”. Así ocurrió allá. Y aquí ocurre ahora.

Quizás unas de las iluminaciones más notables sobre esta turbulenta época venga de un periodista, Aleksandar Tijanic, director de Radio Televisión Serbia, personaje que fue amado y odiado hasta 2013, cuando murió de un ataque al corazón. Él reflexionó sobre la curiosa simbiosis que se dio entre Milosevic y su pueblo.

“Milosevic resultó apropiado para los serbios. Durante su gobierno, los serbios abolieron las horas de trabajo. Nadie hacía nada. Permitió que florecieran el mercado negro y el contrabando. Se podía aparecer en la televisión estatal e insultar a Blair, Clinton o cualquier otro de los ‘dignatarios mundiales’.

“Además, Milosevic nos otorgó el derecho de llevar armas. Nos dio derecho de resolver todos nuestros problemas con armas. Nos dio también el derecho de conducir coches robados. Milosevic convirtió la vida diaria de los serbios en una gran fiesta y nos permitió sentirnos como estudiantes de bachillerato en un viaje de fin de curso; es decir, que nada, pero verdaderamente nada de lo que hacíamos se castigaba”.

Estos dos párrafos se han quedado grabados en mi cabeza desde la primera vez que los leí. No podía creer que hubiera realidades que se parecieran tanto, siendo tan opuestas y lejanas.

Slavo Zizek reconoce que Milosevic manipuló las pasiones nacionalistas de su pueblo, pero se apoyó en el trabajo que habían hecho los poetas de los años setenta y ochenta, quienes inocularon el nacionalismo agresivo que desembocó en la letal limpieza étnica. Y en la muerte masiva.

Al oír en estos días las cadenas del presidente Nicolás Maduro, donde ubica la palabra paz entre epítetos violentos y adjetivos desintegradores, como derecha, burguesía, delincuentes, fascistas, especuladores, no puedo dejar de recordar los maratónicos Aló, Presidente donde Chávez se entregaba al festín del resentimiento sin nadie que lo contuviera.

Y vuelvo a preguntarme, sin tener una respuesta que alivie, si estos catorce años no van a desembocar en una mala noticia internacional de esas que una vez que empiezan ya no pueden parar. Ojalá me equivoque.