• Caracas (Venezuela)

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Demetrio Boersner

Luz al final del túnel

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Por el fracaso de su modelo colectivista centralizado, Cuba ha iniciado un viraje probablemente irreversible hacia una economía mixta y una mayor tolerancia política. En cambio, el régimen venezolano –bien que admirador e imitador de Cuba– anuncia medidas de mayor colectivización y centralismo tendentes en dirección opuesta a la cubana.

Sin embargo, cuenta con el beneplácito de Cuba: bien que ésta desea una mayor libertad interna propia, le interesa que en Venezuela se consolide el poder de los más extremistas, represivos hacia dentro pero garantes de continuada solidaridad material hacia fuera.

Con un egoísmo nacional similar, también el partido gobernante de Brasil apoya del modo más indiscreto a Hugo Chávez y su comparsa en contra de la oposición democrática venezolana. Lo hacen a sabiendas de que en realidad la centroizquierda de la MUD tiene mayor afinidad con el izquierdismo democrático y moderado del Gobierno brasileño, que los autoritarios chavistas. No obstante, intuyen que la oposición democrática venezolana está menos propensa que el gobierno de Chávez a aceptar una hegemonía económica y geopolítica unilateral de Brasil.

Afortunadamente, Cuba ni Brasil ni otros centros de poder externos serán capaces de frenar o controlar los factores objetivos de cambio que operan en Venezuela.

En el plano político, el conjunto chavista no sería capaz de mantenerse unido si su desfalleciente salud obligase al presidente Chávez a retirarse del mando activo. El régimen es tan dependiente del carisma personal de su líder, que no puede haber “chavismo sin Chávez”. Cundirán divisiones personales, clasistas, estamentales e ideológicas. En el plano económico, aun los expertos afines al oficialismo concuerdan en que vienen tiempos difíciles y será imposible mantener íntegramente el actual asistencialismo social. Dividido y debilitado el oficialismo, frente a un pueblo “bravo”, no podrá gobernar sin un entendimiento nacional con la oposición democrática. La única alternativa sería el caos.

Ante esta coyuntura, la unidad democrática debe afrontar el desafío de combinar su cohesión y la firmeza de sus planteamientos liberadores con una clara disposición a dialogar con el régimen si éste se muestra dispuesto a ello.

En lo inmediato, debe confiarse en la inteligencia del pueblo opositor para entender que ni el descarado ventajismo electoral del régimen, ni la perspectiva de eventuales diálogos futuros han de desviarnos de la obligación prioritaria de votar masivamente en las elecciones regionales del 16 de diciembre, a fin de defender posiciones ya ganadas y lograr bases adicionales de fuerza negociadora para las etapas venideras.