• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Claudio Nazoa

Luto

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

I

Me encuentro con mi amiga maracucha Milagros Socorro, periodista circunspecta, rara, seria, de mirada tenaz e intimidatoria, con cara de que siempre tiene algo muy importante que decir. Su cercanía atemoriza sobre todo cuando no la conocemos personalmente. Cuando la conocemos, también da miedo, pero solo un poquito. Ya está cerca, y ahora se transforma en una mujer cariñosa, accesible y femenina.

Nuestro encuentro es en el salón de conferencias del diario El Nacional, lugar donde trabajamos como columnistas hace muchísimos años. Otras veces nos habíamos reunido en ese sitio, pero en un ambiente diferente. Hoy, todos presentimos que la invitación no era bonita. Varios amigos periodistas, además de la junta directiva del diario, nos saludamos con pesadumbre intuitiva. El ambiente, denso y extraño, me recordaba la sala de espera de un hospital cuando tenemos algún familiar en terapia intensiva. Esto no se parecía a otros encuentros alegres: fiestas de aniversarios, planes de preventa, bautizos de libros y entregas de premios.

 

II

En La Colonia Tovar, Milagros llega a la casa de un amigo común en donde estoy cocinando. Lo hace acompañada de su apuesto y enigmático esposo. No sé por qué, pero me sorprende el amor que ella siente hacia ese hombre. El de Milagros es un amor verdadero, un amor de novela en blanco y negro, con musiquita de pianito y todo. Ella lo mira a los ojos como madre que manda a su hijo a la escuela el primer día de clases, sin restos de pudor y en maracucho puro, lo halaga públicamente:

—Verdad, Claudio, que es bello.

No lo dice preguntando sino afirmándolo, por eso me veo obligado a darle la razón.

—Sí… la verdad es que está bastante bien… –respondo tratando de complacerla pero sin reconocer que el tipo está tan bello como ella cree.

Ella le dice que quiere tomarse una foto frente a una enramada que cuelga como una densa cortina a lo largo del corredor de la casa.

Coqueta, Milagros prácticamente se cubre con las hojas de la verde enramada. Él, como si fuera el mismo Lumiére, se le acerca con la cámara y extasiado me comenta:

—Claudio, ¿verdad que esta mujer es bella?

Sin reparos, ahora sin poner en juego mi masculinidad, le contesto con entusiasmo y verdad:

—¡Claro! Es que Milagros son varias Milagros que como por arte de un milagro, se transforma minuto a minuto de acuerdo con las circunstancias.

No mentí. Milagros se había convertido en una extensión de la enramada que la cubría. Le dije a su buen amante que se acercara a ella para tomarles la fotografía. Él lo hizo y, ahora, ambos se mimetizaban bajo la cascada de ramas y de hojas verdes. Discretamente, para no interrumpir aquel idilio humano-vegetal, tomo la foto y, discretamente, me retiro de aquel impúdico vergel de amor.

Con disimulo volteo, pero ya no lograba verlos; era como si las hojas de la enramada gimieran de placer.

Ya en la noche, nos volvemos a encontrar junto a los otros invitados, para degustar la cena que yo había preparado. Ella, elegantemente vestida, destella felicidad; él, peinadito y bañadito, esta vez, tengo que reconocer que sí estaba bello de verdad. Todos nos miramos. Nadie hablaba. Brindamos por el amor y cenamos, pero secretamente, por la actitud de la pareja, las mujeres de la mesa, incluida la mía, habrían querido ser parte de la lujuriosa fotografía de la enramada.

 

III

Nuestro querido periódico está herido de muerte. Cada vez tiene menos cuerpos y páginas. El Nacional padece de un cáncer terminal llamado “gobierno del socialismo del siglo XXI”. No hay forma de conseguir papel. Todos los cuentos de la reunión son tenebrosos y tristes: ya El Nacional no tendrá más revistas, no habrá más libros, no irán futuros periodistas a hacer su pasantía en su sede, hay que reducir la nómina y los horarios de trabajo. La revista Hola Venezuela, hermana chic, elegante y sifrina de El Nacional, también padece esta enfermedad terminal, porque aparte de la escasez de papel, nadie, en medio de esta situación, se atreve a aparecer bonito y bien vestido celebrando una boda. Los anunciantes estrellas: automóviles, supermercados, licores, centros comerciales, cadenas de farmacias o de ferreterías, ya no anuncian porque ellos también están heridos de muerte.

Nos informan que ya no pueden seguir pagándonos por hacer nuestro trabajo. Estamos sentados y cabizbajos en una enorme mesa de madera montada sobre un cuerpo agonizante. Tristes, casi no preguntamos nada.

Todos nos despedimos, pero esta vez como para siempre, como si partiéramos a un largo viaje sin retorno. En el salón, solo quedamos Milagros y yo. Ella, en actitud de pésame cariñoso, se acerca, me abraza y en idioma maracucho puro, me susurra:

—¿Te acordáis cuando me tomaste la foto en la enramada?

El salón donde sucede el drama está iluminado por una enorme y absurda lámpara de lágrimas de cristal de Baccarat, que pareciera estar a punto de llorar. Abrí la puerta, ella salió y a mí no se me ocurrió otra cosa que apagar la luz de la enorme lámpara, mientras me decía a mí mismo:

—¡Qué vaina…!

No sé por qué en ese momento sentí la necesidad de escribir algo para nuestro moribundo y querido periódico. Algo que de alguna manera, describiera este insólito y dramático momento. ¿Cómo narrar con letras que forman palabras esta infamia nacional en la que estamos inmersos?

 

IV

Milagros ya se montaba en su automóvil y yo, desde lejos, le digo:

—¡Milagros…! ¿Podrías darme dos palabras para inspirarme y escribir un artículo? Es que no se me ocurre nada.

—Ahora no… yo te las mando por correo.

—¡No, por favor! Dímelas ahorita.

Ella, con su cara de brava y casi sin ganas, ya dentro de su automóvil, me dice como para que no la moleste más:

—Enramada y lámpara.

 

V

Llego a mi casa y pienso que yo mismo me busqué este reto sin sentido: enramada y lámpara… ¿Qué tendrán que ver esas palabras con lo que está pasando en Venezuela?

Creo que no lo voy a lograr. Milagros lo hizo a propósito.

Trato de buscarle lógica a esto pero solo me viene a la mente aquel día en el que mi amiga maracucha, Milagros Socorro, periodista circunspecta, rara, seria y de mirada tenaz e intimidatoria, fue con su apuesto esposo a la cena que preparaba en la Colonia Tovar…

Enramada y lámpara… ¡Qué absurdo!