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Tomás Straka

Lusinchi

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Evaluar a Jaime Lusinchi es todo un desafío a la ecuanimidad. En muchos aspectos su gobierno mantuvo el aliento de la época dorada de la democracia que tuvimos entre 1958 y 1999, con realizaciones significativas en infraestructura, diplomacia, industrias básicas y reformas institucionales. Pero en otros es imposible alejarlo de la polémica que lo envolvió, con sus grandes escándalos de corrupción, el sistemático empeoramiento de la economía y, en general, de la vida de la sociedad. Como leímos hace poco en las redes sociales, Lusinchi “suma lo mejor y lo peor de la república civil”.

En efecto, la Venezuela de mediados de la década de los años ochenta del siglo pasado (Lusinchi gobernó entre 1984 y 1989) hoy pudiera parecernos un país de ensueño. Es verdad que se hablaba de crisis desde 1983, que ya habíamos sufrido una fuerte devaluación y que la inflación se había instalado para aparentemente no irse más; pero, comparado con lo que ocurría en el vecindario, era un país que había sorteado sorprendentemente bien los inmensos problemas que sacudían la región. La crisis de la deuda había destruido las economías de casi todos los países: México comienza la década rondando la bancarrota, nacionalizando la banca y con una inflación de 100%; mientras Argentina, Brasil, Perú y Bolivia la terminan con niveles diversos de hiperinflación; Centroamérica se desangraba en guerras civiles; Perú era azotado por el terrorismo del Sedero Luminoso, y en Colombia la guerrilla y los carteles de la droga ganaban espacio.  Las capitales de casi todos ellos se hundían entre el buhonerismo y la criminalidad. Panamá estaba gobernada por un dictador con conocidos vínculos con el narcotráfico, solo para terminar con la humillación de ser invadida por los marines en 1987. Millares de mexicanos, colombianos y centroamericanos emigraban a Europa y Estados Unidos. Casi toda una generación de la clase media peruana se fue de su país.  El desarrollo económico y social que el continente venía experimentando desde 1960 pareció llegar a un callejón sin salida. Era, en suma, la llamada “década perdida”, el fin de las ilusiones y en muchos casos, sencillamente, el caos.

Venezuela, en cambio, se presentaba como la democracia más estable y madura. Mientras en Brasil y Argentina apenas se salía de largos regímenes militares, la institucionalidad venezolana podía darse el lujo de revisarse con la Comisión Para la Reforma del Estado (Copre), que entre otras cosas pondría las bases de la descentralización. Era un tiempo en el que aún las transnacionales escogían a Caracas para sus sedes de los Andes o el Caribe porque los servicios, la paz, la seguridad, la capacitación del recurso humano aconsejaban hacerlo. La diplomacia venezolana estaba en su edad de oro. Simón Alberto Consalvi, el canciller estrella del gobierno de Lusinchi, jugaba un papel protagónico en el Grupo de Contadora, que tanto hizo por la pacificación de Centroamérica, y era una figura central en todas las iniciativas de integración. El consejo venezolano era atendido en la solución de los problemas interamericanos así como también de los problemas internos de muchos países. Cuando en 1987 prácticamente estalla una guerra con Colombia por el incidente de la corbeta “Caldas”, tanto las fuerzas armadas como el servicio diplomático lograron moverse con las suficientes agilidad y contundencia como para conjurar el problema rápidamente. Si hay consenso en algo positivo de Lusinchi es en la firmeza que tuvo en aquel momento de extrema crisis bilateral. En Guayana continuaba la expansión de las industrias básicas y de la electrificación del Caroní, mientras en Caracas las obras del Metro avanzaban según las metas pautadas. A pesar de los problemas económicos, en los 5 años del gobierno de Lusinchi se inauguraron 31 hospitales, 14.000 kilómetros de carreteras y más de 300.000 viviendas para las clases populares. El lema de su campaña de 1983, “Con AD se vive mejor”, parecía haberse cumplido. No en vano Lusinchi termina la presidencia con unos niveles inusitados de popularidad.

Y, sin embargo, el sistema estaba a punto de colapsar. No es un dato irrelevante que justo lo que siguió a su gobierno haya sido el Caracazo, es decir, el fin de la llamada “excepcionalidad venezolana”. En el lapso de un par de años casi todo lo que pasaba en la región empezó a pasar también en Venezuela, o al menos a pasar con la misma intensidad. Y Lusinchi, de la noche a la mañana, dejó de ser héroe. Del líder carismático y bonachón que a todos caía bien, del entrañable “Jaime es como tú”, cuya fama por la bebida solo conseguía hacerlo todavía más simpático, pasó a indiciado por múltiples casos de corrupción, a culpable de casi todos los males, a tener que partir para un largo exilio en Costa Rica. ¿Qué pasó? Consalvi decía que la política es un carrusel. Sin duda, llueve y escampa, pero en el caso de Lusinchi ya no hubo recuperación. Solo pudo retornar al país ya muy viejo, para vivir olvidado, solitario y pobre. Para que se le acuse como uno de los peores, si no acaso el peor, de los presidentes de la democracia.

Hay datos que pudieran matizar esta opinión. En realidad, la crisis venezolana había comenzado a finales de los años setenta, solo que el petróleo había logrado atenuarla. Vale la pena revisar en Youtube las cuñas electorales de 1983: ellas demuestran que hace 30 años ya los venezolanos se quejaban de la inflación y la inseguridad. También nos presentan a un Luisinchi prometiendo acabar con todo eso.  En total, 56,72% de los ciudadanos así lo creyeron el 4 de diciembre de aquel año. A 3 décadas, nuestra situación actual puede decirnos qué tanto lo logró… Lusinchi, el primero de nuestros presidentes en declararse sin ambages socialista (aunque socialista democrático), insistió en los modelos económicos que desde la década de los años cuarenta vinieron dando buenos resultados. El primer experimento tenuemente neoliberal de Luis Herrera Campins-una tímida liberación de precios- había sido tan traumático que el nuevo presidente llegó con la decisión de darle marcha atrás.   Al principio las cosas parecieron marchar bien, pero pronto se desataría una tormenta imposible de capear: la crisis de la deuda latinoamericana y la caída de los precios del petróleo de alrededor de 26 dólares el barril en 1984 a cerca de 12 dólares en 1986 (son los días del “pusimos de rodillas a la OPEP” de Reagan), simplemente hicieron inviable su política. Así comenzaron los aprietos económicos que condujeron a un conjunto de devaluaciones (la paridad bolívar/dólar pasó de aproximadamente 13 bolívares en 1985 a casi 40 en diciembre de 1988), que a su vez impulsaron la inflación, que saltó de 9,1% en 1985 a 40,3% en 1987.  Las políticas de expansión del gasto público y de controles que se implementaron -de cambios, de precios- no lograron paliar los problemas, al contrario, los empeoraron. Por ejemplo, la escasez de determinados productos, si bien no se acercó nunca al escandaloso 30% actual, se hizo común: hoy, la harina PAN; mañana, las caraotas; pasado mañana, la leche; cada cierto tiempo faltaba algo en los supermercados. Y ni qué hablar de los sufridos dueños de algunos vehículos cuyos repuestos simplemente eran imposibles de conseguir.

Lo anterior hubiera sido bastante para desacreditar a cualquier gobierno, pero a todo eso Lusinchi sumó una serie de escándalos políticos y personales que no solo dejaron muy mal herida su reputación, sino la del régimen en general.  Por ejemplo, la oficina de control cambiario, Recadi (Régimen de Cambio Diferencial), fue escenario de uno de los casos de corrupción más grandes de la historia venezolana, acaso solo superados por los más recientes que una política similar han incentivado. Y no solo fue que millones de dólares baratos fueron a parar a bolsillos de amigos y conectados con el gobierno: la aparente impunidad de los culpables generó una indignación que ha pasado al habla venezolana con aquello de “el chino de Recadi”, para referirse a un tonto que paga los platos rotos de los demás (el único preso fue un pequeño empresario chino). Súmesele a eso la pifia de anunciar “el mejor refinanciamiento del mundo” para después, al demostrarse lo contrario, simplemente decir: “Me engañaron”. Pero nada hizo tanto daño como su relación con Blanca Ibáñez, entonces su secretaria privada y amante. El solo hecho de que tuviera una amante no fue en sí la causa de descontento: en Venezuela lo común es que los hombres poderosos las tengan y más bien lo contrario es lo que puede generar sospecha. El problema estuvo en que esta acumuló unas cuotas gigantescas de poder, aspiró a la figuración pública, intervino en todos los asuntos, desde ascensos militares hasta la coronación de mises, y terminó convirtiéndose en un motivo de permanente fricción con amplios sectores de la opinión pública, incluido su propio partido (Luis Piñerúa Ordaz la bautizó como “la Barragana”).  Esta combinación de deterioro de las condiciones económicas y sociales con los escándalos de corrupción, sería fundamental para el desarrollo de la antipolítica que comienza a perfilarse entonces.  Sectores profesionales, de clase media y sobre todo la juventud del momento comenzaron a llamarse a sí mismos “apolíticos”. La política pasó a ser sinónimo de ineficiencia y corrupción. También el desprestigio de los políticos ayudó a que en ellos se identificara a los culpables de todos los problemas, lo que no siempre era así. Poco a poco comenzó a pensarse en gerentes exitosos o en candidatos antipartidos (los “independientes”), como una posible solución. Las elecciones de 1988 ya sumaron una abstención de 18%. Como se probaría después, ese desencanto con los políticos, que pronto se extendió a todo el régimen, tendría tremendas consecuencias en los siguientes años.

Por todo esto Lusinchi, en efecto, dio muestras de lo mejor del régimen democrático en muchas de sus realizaciones, pero también fue la encarnación de aquello que llevó, a pocas semanas de terminado su gobierno, al Caracazo, y diez años después, al fin del régimen. Es todo un motivo para la reflexión y un personaje en búsqueda de un autor. Sobre todo ahora, cuando la mayor parte de los venezolanos, chavistas y opositores, sueñan con la construcción de una democracia más eficiente y honesta; y con el diseño de un modelo económico que nos permita, después de treinta años de tropiezos, salir de aquellos males de la “década perdida” que hoy nos acosan a nosotros, cuando el resto de los hermanos de la región básicamente parecen haberlos dejado atrás.

@thstraka