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Leopoldo Tablante

Lusinchi y su banda sin fin

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La salida desde la autopista Francisco Fajardo, sentido este-oeste, hacia Parque Central es una rampa con inclinación suficiente para volar en dirección de la fuerza de gravedad y sentirse por fracciones de segundos en el aire.

Muere Jaime Lusinchi y experimento un vacío de estómago semejante pero sin esperanza de tracción ni garantía de aterrizaje. Un descenso perpetuo –como una de esas pesadillas en que se cae y se cae– que concentra la intensificación de la crisis de 1983 a través del fraude que fue Recadi, el tráfico de influencias que permitió que la barragana del ex presidente, Blanca Ibáñez, obtuviera título universitario expedido por la Universidad Santa María, el desvío de fondos del erario público simbolizado por los famosos jeeps del ex ministro de Relaciones Interiores, José Ángel Ciliberto, la crisis fiscal de 1989, el paquete de CAP 2 y el Caracazo. Los años ochenta como justificación para el salto al vacío de los paracaidistas del MBR 200 el 4 de febrero de 1992, con Chávez a la cabeza.

En suma, siento el cinismo y la indolencia de la austeridad lusinchista –esa que nunca llegó– avivar las llamas de un resentimiento añejo reciclado como «revolución bolivariana», un pase de factura contra la clase media, asumida en bloque como cómplice de las «cúpulas podridas del poder». Ese pase de factura, que hoy libera gas del bueno contra los estudiantes, les promete a sus seguidores una justicia social interpretada como venganza e impunidad, una calidad de vida financiada con los recursos de una industria petrolera disminuida (y en la que se cuece el mismo guiso de siempre, solo que con otros comensales), una promesa de prosperidad que se afinca en las ilusiones de un país consumista y sin espíritu de sacrificio que, con autorización presidencial, sale en masa a saquear tiendas de electrodomésticos porque ahora la tecnología, como Venezuela, es de todos. Un país que se dice abierto, solidario y democrático pero que nunca ha sido más que una rebatiña de mercado subsidiado y de enchufados caracterizados por los reflejos de quienes pican adelante y pasan de los deberes y los derechos.

La muerte de Lusinchi deja en el aire a muchos que no sabemos cómo interpretar el presente ni cómo imaginar el futuro. Después de todo, somos los mismos, antes y ahora, y parece que el lugar común de este gentilicio raro que somos es el precipicio. La inteligencia y la energía creativa de los ciudadanos siempre andan limándose contra la superficie abrasiva de la crisis y la rencilla, entre la astucia de los culpables y la rabia de las víctimas.

El discurso que relativiza las viejas bondades de la Venezuela adeca o copeyana en comparación con el cataclismo chavista siempre me ha dejado frío: «Por más que hubiera fallas, antes había una institucionalidad, un sentido del decoro…». Tal vez, pero una institucionalidad clientelar que funcionaba en un país más vacío, que podía darse el lujo de diferir con paliativos los efectos de sus estropicios, que se beneficiaba de amplias masas de electores desmovilizadas políticamente, sin conciencia clara de que se la pasaban perdiendo. Hoy los viejos excluidos sienten que ejercen el poder y pueden darse el lujo de pasarse por el sótano las formas y los modales. La misma calidad moral que justificó la transición hacia el chavismo pero con un grano más grueso.

La muerte de Lusinchi solo me trae a la mente un paisaje hostil donde la misma Venezuela cruel de siempre se sobrepone a una versión anterior de sí misma: el mismo musiú con diferente cachimbo, un infierno de almas desesperadas, sin sentido de solidaridad ni empatía, cuya salvación depende de un desarme radical y una inversión contundente en educación. Requisitos que, entre la polarización sociopolítica, la cultura de justicia por su propia mano de los colectivos y de los malandros corrientes, la impunidad y el adoctrinamiento bolivariano apuntalado por la escuela policial cubana, solo me permiten pensar en los castigos y recompensas hipotéticos que, en el más allá, recibirían quienes se fueron para nunca más volver y apenas nos dejaron el peso muerto de su recuerdo.