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Rodolfo Izaguirre

La Luna. En homenaje a la mujer

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Mi hermana Liliam murió de tuberculosis en diciembre del mismo año en  que yo nací. Durante el largo período de mi infancia, vivió en la Luna, porque entonces la Luna era el país de la muerte y para consuelo de los niños, la gente mayor mantenía intacta la visión de Plutarco, que aseguraba que el alma de los justos iniciaba un viaje lunar para purificarse mientras devolvía el cuerpo a la tierra y el espíritu sostenía ese otro viaje, inevitable, que lo conducía al Sol. Era en la Luna donde el alma de Liliam vivió años de su muerte porque también como la Luna, ella aparecía y desaparecía en mi memoria de la misma manera como hace la Luna en esas fases suyas en las que va desapareciendo hasta no quedar nada de ella, para producir luego el milagro de verla surgir de nuevo desde la oscura eternidad donde estuvo recreando lentamente su forma y su presencia, como hacemos también nosotros cuando ocultamos y revelamos sucesiva y alternadamente el mezquino interés de nuestra propia condición humana.

Siendo niño, veía a mi hermana transformada en alma saludándome con un pañuelo de encajes en la mano, y tenía que ser así porque muchos años más tarde, Isabel Allende en su conmovedor e iluminado libro que lleva el nombre de su infortunada hija Paula, acaso el libro que más me ha hecho llorar de todos los libros que he leído, afirma que La Paz en la Bolivia que ella conoció siendo niña no solo era una ciudad extraordinaria, sino que parecía estar tan cerca del cielo y con el aire tan delgado que se podían ver los ángeles al amanecer, y así tuvo que ser Caracas en los años de mi infancia, y por eso veía a Liliam cuando la Luna iba a medio cielo y su pañuelo se agitaba como una minúscula llamarada. Liliam se ocupaba, en el país de los muertos, en activar la medida del tiempo controlando los ritmos lunares, que es tarea hoy del Sol; esto es, hacer posible que durante tres noches la Luna desaparezca y renazca de su propia muerte para crecer, hacerse Luna nuevamente y volver a desaparecer como los animales llamados lunares: los delfines, las ballenas, los osos, los sapitos de nuestros jardines que aparecen y vuelven a aparecer; unos, en las incesantes aguas del océano, siempre igual a sí mismo, y otros en los despiadados inviernos o en las noches de lluvia. Se la llamó alguna vez “la Señora de las mujeres” porque esa manera suya de mostrarse y no dejarse ver incide no solo en el comportamiento de las mareas sino en los ciclos propios de la mujer. Para los simbolistas, Nuestra Señora se representa sobre la Luna “para expresar la eternidad sobre lo mudable y transitorio”.

Pero cansada tal vez de aquel reiterado juego de transformaciones y desapariciones, Liliam encontró un refugio más seguro, una manera de defenderse de la precariedad de su propia muerte y acabó alojándose en mi memoria y allí permanece desde entonces, junto a Belén que vive ahora dentro de mí y observan el desgaste del mundo a través de mi propia mirada, aplauden, sonríen con misericordia mis patéticas glorias personales o se afligen al conocer las tristes miserias del país. Les afligen los estrepitosos fracasos de la política, el prestigio efímero de las ideologías, la fuerza indomable de las debilidades humanas. Cuando murió Margarita, mi otra hermana, ya el viaje no era hacia la Luna sino mucho más allá, es decir, más adentro de mí. Las tres han visto fortalecerse mi empeño por seguir siendo un ser libre y dueño de mis  actos, ideas y pensamientos en un país petrolero que odia la belleza y agrede la sensibilidad; que arrastra ofensas, vulgaridades, atropellos y charreteras en su ADN y ha tratado en todo momento de alcanzar la altura de una escurridiza modernidad sin lograrlo, amenazado y agobiado cíclicamente, como si tuviese que soportar también las cambiantes fases eternas de la Luna, por hombres de armas, oscuros y ambiciosos.

Y sin importar las distancias que separan sus respectivas muertes (porque en los dominios de la eternidad el tiempo es otro y no el que rigurosamente marca nuestros pasos en la vida), escucho a Liliam, a Margarita y a Belén sollozar en silencio, dolidas por el desamparo en el que se ha hundido el país, pero también porque Liliam desea regresar a la Luna donde fue feliz y serena y saludaba cuando iba a medio cielo; Margarita, siempre independiente, se muestra ansiosa por continuar el viaje que inició cuando abrió la puerta que da a la oscuridad y solo se abre una sola vez en la vida de cada uno de nosotros; orientarse, no perder el rumbo y Belén porque habría deseado respirar nuevamente conmigo aquel aire tan delgado que nos permitía ver, juntos, los ángeles en el amanecer.