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Ignacio Ávalos

Luis Suárez no cabe en una base de datos

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I.

Ya se sabe, hoy el conocimiento científico condiciona en gran medida el desenvolvimiento de todas las actividades humanas. La sociedad actual es impensable sin su enorme complejo institucional, orientado a la producción constante de innovaciones a fin de darle pie al desarrollo económico, cultural, político. Es la sociedad del conocimiento, señalan los que se ocupan de descifrar esta época

El deporte no es la excepción, desde luego.  Existe una extensa red de laboratorios públicos y, sobre todo, privados, constituida y organizada para de realizar investigaciones dirigidas no sólo a mejorar las canchas, la vestimenta y los implementos utilizados, el dibujo de las estrategias de juego o los esquemas de entrenamiento, sino, sobre todo, a potenciar el rendimiento del atleta, vía la mayor  comprensión de las claves del funcionamiento del cuerpo humano. 

No olvidemos, en este sentido, que, en todos sus ámbitos, el deporte es  una actividad competitiva y que, en tanto que espectáculo, se encuentra asociada a un gran negocio. Así, al revés de lo que predicaba el barón de Coubertin, el padre de los modernos juegos olímpicos, en el deporte lo importante no es participar, sino triunfar. Y para la victoria, los laboratorios son indispensables, dependiendo, claro, de la naturaleza de cada disciplina, pues como resulta fácil de observar, no es lo mismo la natación o el atletismo que el balompié.

 

II.

Una de las áreas en donde más se observa la influencia de los nuevos conocimientos en el fútbol es, sin duda, en los sistemas para trazar la estrategia y la táctica de cada partido. No hay que tener mucha memoria para recordar que hasta no hace demasiado tiempo el entrenador de un equipo tenía apenas el encargo de conducir una preparación muy rudimentaria (unas carreritas, unas cuantas flexiones y una suerte de caimanera para desarrollar algunas habilidades), así como determinar los once titulares de cada partido y decidir los cambios a lo largo de los noventa minutos. Aparte de lo anterior muy poco y todo sobre la base de su experiencia y las informaciones, casi con ribetes de chisme, que le pudieran llegar sobre el club rival.  Hoy en día se habla, en cambio, del Director Técnico, un señor con flux y corbata, jefe de un elenco de especialistas, encargado de una misión bastante más compleja referida tanto al armado del equipo como de la manera como debe desenvolverse en la cancha.

 

III.

Los recientes desarrollos tecnológicos (hablo del big data) ofrecen oportunidades casi infinitas para recoger, guardar y relacionar datos en todas las actividades, inclusive, desde luego, en el fútbol. En este caso, su uso permite, de acuerdo a los expertos,  monitorear hasta el detalle el rendimiento de los jugadores, analizar la estrategia del equipo propio y la del contrario e incluso medir y prever el comportamiento de los fanáticos que acuden a los partidos.

Por los expertos en el asunto uno se entera, entonces, que en tan sólo un partido se crean alrededor de 60 millones de datos, a partir de los que el director técnico puede hacer seguimiento en tiempo real a los jugadores y analizar sus movimientos, la velocidad a la que corren por el campo, los kilómetros recorridos, los pases acertados y fallados, la fuerza con la que chutan la pelota, el tiempo de posesión del balón y así infinidad de eventos, a fin de tomar decisiones orientadas a cambiar jugadores o modificar estrategias antes de que suene el pitazo final. 

 

IV.

Según parece, sólo la selección alemana dispondrá de esta capacidad tecnológica en el próximo mundial, sin que eso signifique que las otras selecciones no vayan a disponer, conforme a sus posibilidades, también de sofisticados recursos.

Hace varios años a Gary Lineker, excelente delantero inglés, le preguntaron cómo definiría el fútbol y respondió que era “un juego entre dos equipos formados por once jugadores cada uno en el que al final ganan siempre los alemanes”.  En efecto, era famosa la determinación de los teutones, ver cómo se desenvolvían, parecían tanques, según la metáfora empleada, y eran, pues, muy difíciles de vencer aunque jugaran mal. 

Así las cosas, cabe preguntarse, entonces, si la selección alemana ganará en Brasil aunque los entendidos opinen que no es la mejor,  si se dirá ahora que fue por las computadoras y los programas que asisten a Joachim Low,  su DT y si, por otra parte, será la prueba de que de ahora en adelante, la suerte de los partidos pasará a dirimirse, no en la cancha, sino en una computadora. Cabrá preguntarse, en fin, si quedara en el fútbol de este siglo espacio para la ocurrencia individual del jugador.

Desde su condición de aficionado, uno piensa que sí porque a libertad es un derecho inalienable en el campo. Siempre habrá un Luisito Suárez llevando el balón sobre la alfombra verde según le da la gana, sin obedecer lo que diga la computadora del director técnico. Es que tipos como este gran  jugador uruguayo, uno de los mejores del planeta, no caben en una base de datos.