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Carlos E. Weil Di Miele

Luis Chataing es un monstruo

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Los argentinos usan ciertos adjetivos, que para el resto del mundo son negativos, como denotaciones positivas. “Fenómeno” se les oye decir a los narradores de fútbol cuando un jugador tira una bicicleta y la clava en el ángulo. También les dicen monstruos, cuando hacen goles increíbles que no pueden explicarse con las leyes de la física. El jueguito etimológico sureño nos recuerda una idea: hay monstruos buenos y monstruos malos.

En los noventa la 92.9 nos dejó escuchar a uno de los buenos. La emisora asumió una voz de rebeldía juvenil que la convirtió en bandera de una generación mientras incomodaba a otra. “Rebeldía pendeja”, decía mi vieja, mientras la Madre Teresa de Baruta tramaba otra intentona fallida para destruir la emisora “100% libre de gaitas”. En esa misma grilla agarró vuelo El monstruo de la mañana. Con la voz atropellada y veloz de Chataing el programa se convirtió en un indispensable de la vía. Así nos conocimos, en alguna cola de madrugada de camino al colegio.

Desde entonces ha estado siempre. Si hay algo de cultura pop en Venezuela, Chataing es, sin lugar a dudas, uno de sus principales representantes. La voz atolondrada cambio de emisora, y también de medio. Luego de El monstruo de la mañana, estuvo (duele escribir esto en pasado) en la televisión nacional e internacional, en el periódico, en las librerías y en los escenarios. Es un trabajador incansable que ha sabido leer al público y evolucionar con él, también sabe buscar espacios y enfrentarse a las miles de adversidades que presenta un país en el que las trabas son comunes. En una misma silla sentó a Capriles, Ocariz, el Potro Álvarez y Roque Valero tratando de poner democracia donde no la había, pecando en su civilidad, para terminar encontrado a un monstruo de los malos.

Eso ha sido Luis Chataing, civilidad, trabajo y democracia. Lo que empezó como rebeldía adolescente se convirtió en comedia de protesta, demasiado para un monstruo destructor que no acepta ser cuestionado. El gobierno quiere comedia condescendiente, chistecitos indefensos que no den paso a dudas. Cuando lo contrario ocurre, se desata el instinto vengativo de un poder demasiado ignorante como para entender la sátira.

La salida de Chataing es otro batazo al hígado de la televisión nacional. Un espacio menos para la crítica y la reconciliación, que posiblemente será sustituido por algún programa de segunda con mucho bikini y poco contenido. También es una prueba más del interés constante de ese monstruo malo de mantenernos en conflicto, una demostración de que se pasea entre la debilidad y poder.

Chataing seguirá, a pesar de los obstáculos, trabajando. Porque así como mi vieja me habló de “rebeldía pendeja”, en su momento me dijo: “Este tipo sí trabaja”. Debemos mantenerlo vivo, aplaudirle cada gol y cada gambeta. Cada intento de fair play. Cada tiro libre, porque con su incisiva inteligencia aportó, en un horario mezquino, un espacio de libertad. Por eso nos toca decir como los argentinos: Luis Chataing es un monstruo, un monstruo de los buenos.