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Tulio Hernández

Lobotomías del poder

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Incluso en La Habana se siente el efecto del debate, que no diálogo de paz, ocurrido en el Palacio de Miraflores, entre los representantes del oficialismo y los de la oposición democrática, el pasado jueves 12 de abril.

La bloguera Yoani Sánchez, quien se ha convertido en nuestro ojo avizor desde los intestinos del otro Imperio, el del Partido Comunista cubano, se ha dedicado a contarnos el impacto que la conversación entre gobernantes y opositores, entre la élite promotora del socialismo del siglo XXI y la vario pinta dirigencia de la resistencia democrática, sostuvo durante varias horas ante el ojo implacable de la televisión en vivo.

Para ellos, cuenta la habanera bloguera, el asunto fue espectacular. Gracias a la generosidad –también podríamos decir que a la ingenuidad– de Telesur, los cubanos secuestrados en la isla pudieron presenciar algo que jamás en su vida podrían haber imaginado: ver a la alta dirigencia de un régimen que se autocalifica de revolucionario y socialista, que se equipara con la Cuba comunista –mitad herencia de Fidel y el Che, mitad obra del Comandante Supremo– tener que soportar la andanada de críticas, denuncias, cuestionamientos e, incluso, burlas e ironías proferidas ante la nación en pleno por la dirigencia opositora. Fin de mundo ¡a Fidel nadie jamás le hubiese hablado así!

 Yoani Sánchez relata que la gente en la calle comentaba sonreída, mejor si el lector intenta pronunciarlo con acento, algo así como: “Oye mi socio, barrieron el piso con Nicolás Maduro”. Sostiene que este será un día inolvidable y que nadie puede aún prever las consecuencias de opinión pública que el suceso va a tener para el futuro de la isla roja.

En Venezuela el impacto también ha sido grande. Aunque todavía es muy temprano para medir sus consecuencias plenas, no hay que hacer un gran esfuerzo para imaginar el efecto que debe haber tenido en aquellos televidentes rojos, que sólo sintonizan Venezolana de Televisión y sus filiales, tener la oportunidad de escuchar la voz y los gestos de un grupo humano que se suponía come niños, mata inocentes, sólo habla inglés y escupe fuego por la boca, y encontrarse, en cambio, con la sorpresa de unos señores que hablaban con serenidad cuando había que hacerlo, o con contundencia cuando era necesario, pero que en todo caso lo hacían con mayor cordura e inteligencia y un castellano mejor construido, e infinitamente mejor pronunciado, que el de los voceros de la cúpula roja.

Y esa ha sido la otra sorpresa que nos deparó el debate, que no diálogo de paz, del jueves 12. La de permitirnos comprobar los efectos demoledores que los catorce años de una sola cabeza, la del Comandante Celestial, pensando por todas las demás ha tenido en el intelecto de la dirigencia política roja.

Fue dramático. Metiendo en una licuadora el largometraje de sus intervenciones, apenas si podríamos obtener un mililitro de pensamiento. Lo que presenciamos aquella noche de jueves no fue otra cosa que pereza mental en estado puro, catálogo de carencias, pensamiento postergado, estancamiento intelectual a mares llenos.

No había ideas, solo consignas. No propuestas de futuro, sí recuerdo reiterativo de agresiones del pasado. A falta de soluciones y proyectos, sobredosis de resentimientos y reconcomios. Noche de lugares comunes lamidos ortodoxamente desde el siglo XIX por generaciones y generaciones de repetidores de consignas. Temíamos que los chavistas prendieran el ventilador frente al excremento, pero la noche terminó como un jueves de pupusitos ideológicos inoloros. Lo decía Ludovico Silva en Marxistas, marxólogos y marcianos: “Si los loros fuesen marxistas, serían marxistas dogmáticos”.

Asusta ver en lo que se han convertido algunos dirigentes, en otro tiempo amigos, a quienes alguna vez les escuchamos decir cosas por lo menos sensatas. No queda duda: el costo del poder puede ser una lobotomía y los caudillos todopoderosos sus mejores artífices.