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Eli Bravo

Llenando las frases de sentido

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Llenando las frases de sentido

Llenando las frases de sentido

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Que la vida es corta y valiosa, ¿cuántas veces no lo hemos dicho? Pero al igual que ocurre con tantas frases que usamos comúnmente, una cosa es soltarla de corrido y otra experimentar cada una de sus palabras. No siempre las frases nos dicen lo mismo aunque las repitamos. Basta que cambie el momento o las circunstancias y ya adquieren otro sentido, por ejemplo, cuando la vida nos lanza una de esas curvas inesperadas que nos enfrentan a la posibilidad de perderla o, al menos, de perderla tal y como la conocíamos hasta entonces.

Hace un par de semanas me visitó un amigo en casa. Teníamos más de dos años sin vernos y aparte de hablar un poco de trabajo, queríamos ponernos al día. Tomamos un café, bromeamos de las canas e hicimos el típico comentario de que los hijos crecían mientras nosotros nos poníamos más viejos. Lo noté un tanto nervioso y le invité un segundo café. A media taza me dijo que atravesaba un momento difícil: sufría unos desmayos repentinos, pero los médicos no podían determinar la causa. Ya había ensayado con diferentes tratamientos; aun así, los desmayos persistían. Hasta ahora los exámenes no señalaban nada grave, pero su condición le acarreaba un sinnúmero de inconvenientes, entre ellos, manejar un auto se había convertido en un riesgo inmenso y no podía visitar a sus clientes como solía hacerlo. El problema llevaba más de un año y su desempeño laboral había decaído al punto de haber perdido su trabajo dos semanas atrás. Yo era uno de los primeros en saberlo.

“Así que aquí estoy, con la barba más canosa y un futuro incierto”, me dijo con una sonrisa en la que había miedo y desasosiego. “Al menos ahora puedo decir que los productos que vendo son realmente útiles”. Entre otros instrumentos financieros, mi amigo vende seguros de vida y de discapacidad. La vida es corta y valiosa, pero también en ciertas oportunidades tan irónica como caprichosa.

Yo no puedo saber lo que ocurre en tu vida mientras lees estas líneas. Imposible conocer las alegrías, esperanzas, pérdidas o sufrimientos que tienes entre manos. Sin embargo, una cosa sí puedo saber por experiencia propia y creo que estarás de acuerdo conmigo: si les diéramos a las palabras su justo peso, si las viviéramos honestamente, nos tomaríamos muchas frases más a fondo y disfrutaríamos su real significado, sin miedos ni excusas.

Por ejemplo, que la vida es ahora. Que los detalles la hacen grande. Que un día despertamos y parece que fue ayer, pero han pasado los años, muchos años y la vida se nos fue de las manos. Que lo único que tenemos es el presente.

A veces una curva inesperada nos obliga a abrir los ojos. A veces. Mas hay otras maneras de despertar y apreciar la existencia en su total dimensión, con sus luces y sombras, sus altos y bajos, sus instantes de euforia, pasión, tristeza y muerte. Sobre todo: con su efímera plenitud y sus vacíos.

Una manera es tomando conciencia de quiénes somos realmente. Abrazando la fragilidad de nuestro cuerpo y, a la vez, reconociendo que somos más que una casualidad biológica que se enciende por lotería genética y se apaga por accidente, enfermedad o causas naturales.

¿Qué será eso que somos?

Cada lector tendrá su respuesta (o rechazará la sugerencia). De cualquier manera, explorar en esta dirección le imprime mayor sentido y significado a la frase de que la vida es corta y valiosa. Porque así, en lugar de ver pasar los días, podemos experimentarlos con asombro, gratitud y abriendo espacios a lo sagrado en lo cotidiano.

Eso es, reconociendo la energía que nos mueve y nos conecta al universo para encontrar en ella refugio, inspiración y fuerza.