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Sergio Monsalve

La Literatura como Tabla de Salvación

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La ladrona de Libros es una adaptación de la novela de Markus Zusak, a cargo de Brian Percival, el director de la serie Downton Abbey.

Por ello tachan a la película de telefílmica, plana, kistch y predecible.

Según los entendidos, la versión audiovisual aligera la carga de incorrección política de la obra original.

Había una clara intención de ganarse con ella varias nominaciones al Óscar. Pero los miembros de la academia apenas la consideraron para la categoría de mejor banda sonora, compuesta por John Williams, un candidato fijo de la competencia.

A pesar de sus buenas intenciones, el largometraje desprende un aura de deja vu por los cuatro costados. De estrenarse en 1970, pudiera tratarse de un clásico. Sin embargo, llega muy tarde a una carrera aventajada por títulos mayores como El Tambor de Hojalata, El Pianista, La Caída y La lista de Schindler.

Aun así, merece disfrutarse en la pantalla grande, por la vigencia de sus postulados y conclusiones.

De hecho, la denuncia contra el horror del holocausto nunca pasará de moda, sobre todo en la Venezuela de ahora, emboscada por el absurdo renacimiento de la ideología antisemita.

A propósito, la cinta desnuda la progresiva decadencia de la dictadura Nazi, desde la perspectiva de una niña, adoptada por una familia humilde.

Sophie Nélisse, Geoffrey Rush y Emily Watson dan vida a los personajes principales del reparto. Los tres actores ofrecen unas interpretaciones amoldadas a sus respectivos arquetipos o estereotipos, dependiendo del caso.

La mujer cumple el papel de esposa fiel, abnegada y un poco neurótica. Es el sostén económico del núcleo disfuncional. Por necesidad le plancha la ropa a un jerarca fascista.

El padre se resiste a militar en el partido oficial. Ocupa su tiempo en la instrucción de la chica, a quien enseña el valor de la lectura. Un día asisten, por obligación, a una quema pública de textos impresos en una plaza, iluminada con antorchas. La protagonista logra rescatar un ejemplar de las cenizas y lo esconde en la casa. En adelante, vivirá para atesorar el legado amenazado de las palabras heredadas. Imposible no recordar la historia distópica de Fahrenheit 451.

La esperanza siempre radica en la juventud comprometida con la preservación de la memoria. Por tanto, allí parecen residir los aciertos del guión de la pieza.

En efecto, los otros asuntos del libreto son menos impactantes, como el inevitable romance juvenil del típico best seller, la factura académica de la realización, las penurias del contexto bélico, los conflictos de manual o el desenlace feminista con olor a Titanic de James Cameron.

Ya saben. Después de padecer un calvario, la protagonista encuentra el éxito y la redención en la escritura. La cámara circunda por su apartamento de lujo en Nueva York, mostrando fotos, imágenes y momentos Kodak. Hay clichés para regalar.

Si llama la atención la voz en off del curioso narrador omnisciente, quien encarna a la muerte bajo una sombra de agradecido humor negro. No obstante, el recurso se tiende a descartar en pro del atajo solemne.

Haciéndole justicia a su nombre, La ladrona de Libros resulta eficiente a la hora de absorber, abordar y reciclar lugares comunes. Ahí estriba su condición de película discreta, a la retaguardia de un género.

Igual la recomendamos para establecer las comparaciones con la República Bolivariana, al borde de la ruina, la escasez, la intolerancia, la crisis bipolar.

Su visionado se justifica en la actualidad.