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Karl Krispin

Lisbeth Salander en mi computadora

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Hace unos días, una irremediable falla en la batería de mi laptop me hizo llamar a Sony, transnacional capitalista de la que soy su admirador y leal cliente. Me atendieron en El Salvador dándome los detalles de los proveedores nacionales. Aproveché para preguntar sobre las deficiencias ligadas a la presencia de virus y otras bacterias ciberespaciales. Me atendió una ingeniero de sistemas que se identificó como Alma y solicitó permiso para introducirse en mi computadora. Entonces ocurrió la epifanía: Alma se coló en mi microcosmos virtual y como Lisbeth Salander (la súper informática protagonista de Millennium, la saga de Stieg Larsson), empezó a hurgar la situación de mis programas, el detalle de mis instalaciones. Entretanto veía cómo se movían los íconos y se reparaban las fallas. Alma hubiese podido arrebatarme alguno de mis archivos, que es el tema de mi última novela "La advertencia del ciudadano Norton" en que un hacker le roba a un escritor su más reciente obra literaria. Al contrario, su operación en línea quedó como una representación casi poética de la globalización, de las posibilidades de este mundo pujante y de confort, hechura del capitalismo competitivo.

Cuando terminó esta ópera prima, telefoneé entonces a los proveedores locales, me comunicaron que la pieza por la que originalmente se había desencadenado esta performance digital, llegaría en un mes o más por la inexistencia de inventarios. Entonces volví a mi realidad de este país de los controles con un gobierno enemigo del mercado, del capitalismo y del progreso. Concluí cabrujianamente que estos últimos trece años, confirman lo que Pío Miranda, en otro orden de cosas, lamenta en El día que me quieras: no han sido más que una "equivocación de la historia".

Mientras nuestra región, salvo Cuba, Ecuador, los choquehuancas de Bolivia y los piqueteros del Río de la Plata, avanza hacia el futuro, nosotros tenemos un estado de cosas en que nuestros dirigentes se preocupan por agitar huesos patrios en el panteón de los héroes y en un oxímoron socialista arrejuntado a las frases de una epopeya sonámbula. Bertolt Brecht lúcidamente dejó dicho para estos habitantes del pasado: "Desdichados los pueblos que necesitan héroes". La historia debe modelar, darnos un claro de entendimiento pero no para domiciliarnos en el atraso. Dicho sea de paso esta ha sido la técnica fascista de la evasión del presente: así como Mussolini salivaba con la Roma Imperial y Hitler con la Germania de los dioses del Rin, los bolivarianos recrean el tiempo de la Independencia, años de disolución y quiebre que sólo consiguieron la ruina colectiva y que paralizaron por más de un siglo a Venezuela.

En un mes, la oposición democrática habrá derrotado en las presidenciales a este sistema que no ha debido llegar nunca y que fue el resultado de una enajenación colectiva, cuando el electorado lanzó a la Venezuela progresista que se inauguró en 1936 por el bajante de 1998 gracias a un embaucador que descerebró a la clase media venezolana. Una de las cosas que habrá que construir es un sistema económico que descanse sobre la prosperidad de un sector privado sólido y productivo.

 

Decir que hemos aprendido la lección de estos trece años de equivocación sólo podrá establecerlo el tiempo. Ojalá solicitemos el empuje de la libre empresa y el capitalismo, con su ingeniería global de progreso. Descreo de los aprendizajes colectivos pero me gustará creer con el voto fundacional del 7 de octubre, que las sociedades resuelven los errores con los que alguna vez se torcieron el camino.