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Ramón Hernández

Ligero de culpas

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A Ernest Hemingway le preocupaba demasiado la posteridad. Habiéndose construido su propio personaje, lejos del perdedor que en el fondo atisbaba, y habiendo reconocido que el  afán de ser el protagonista de su propia novela había perjudicado lo mejor de su prosa y de su carrera de escritor, una tarde se dio cuenta de que no habría suficiente vino, vodka y whisky, ni daiquirí ni Martini con una solitaria aceituna, en la que pudiera ahogar su fracaso, diluirlo. Tampoco lo logró con el escopetazo, pero ya estaba muerto para enterarse.

Certero en el uso de las frases cortas, las palabras simples, las repeticiones concienzudas y el arte de decir sin decirlo, no hay forma de escribir más dolorosa ni más simple a la vista, pero tampoco más ambigua y compleja. Decir sin decir. Quería escribir con la misma técnica que pintaba Cézanne, desmantelando los colores y quedándose con lo esencial que fuese más complejo. Con el éxito tras tanto esfuerzo en aprender a amarrar las palabras y potenciar los significados, se volvió aparatoso como un elefante y patán como el minero antes de descubrir en una noche de tragos que es más fácil perder el dinero que ganarlo.

Seguro de que estaba en el lado bueno de la historia, no sólo de los vencedores sino de los que traerían justicia y equidad, traicionó a los amigos, cerró los ojos y justificó lo injustificable. Sospechaba de los crímenes de Stalin y de las impiedades de la Checa, pero siguen siendo los mejores bebedores los que más tardan en despertar. Cuando escribió la última frase de Por quién doblan las campanas debió sospechar que no bastaba con volverse un gringo sentimentaloide para recuperar su prosa, que se requería un esfuerzo mayor, más consecuente y natural. Lo logró con El viejo y el mar, pero volvió a envanecerse.

Su ruptura con John Dos Passos fue gradual, pero también definitiva. Volteó al otro lado cuando siendo ambos estrellas literarias en ascenso fue arrestado José Robles en Barcelona, un funcionario de la República, por la policía dominada por los estalinistas. Esa noche de la primavera de 1936 fue reveladora de que no estaba del lado bueno de la historia; que de los soviéticos y de los enamorados de su revolución no se podía esperar rectitud ideológica, y que habían comenzado lo contrario, que todos podían ser víctimas, pero Hemingway no lo entendió. Acusó a Dos Passos de pusilánime y de vacilar en su apoyo a España. Después vinieron los procesos de Moscú, pero no tuvo coraje para reconocer su equivocación. Todavía lo salva la prosa y sus frases bien cinceladas, sin Abrapalabra. Vendo piqueta de sabio.