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Nelson Rivera

Libros: Zbigniew Herbert (2/3)

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Aun cuando el título, “Sobre albigenses, inquisidores y trovadores”, lo advierte, confieso mi sorpresa, mi ánimo desprevenido. Cuando finalizo el ensayo (forma parte de la colección Un bárbaro en el jardín, Editorial El Acantilado, España, 2010) estoy ensombrecido. Tomado por la nube gris de los tiempos que corren.

Zbigniew Herbert cuenta la destrucción de la civilización albigense por parte de la Inquisición. Sigue el hilo de las corrientes que creían que el mundo era también el resultado del demonio: gnósticos, maniqueos, paulinos, bogomilos y, finalmente, cátaros, rechazaban el Antiguo Testamento. Los cátaros sostenían que Dios sufría a causa del mal, pero no castigaba. Sus diferencias con el cristianismo eran sustantivas. La suya era otra religión.

En marzo de 1208, el papa Inocencio III anuncia una cruzada contra Raimundo VI y Tolosa de Languedoc, entonces la tercera ciudad de Europa. Al sur de Francia no solo existía otro credo sino otra civilización. La cruzada es una orden de muerte. La guerra se extiende: el norte católico desenvaina la espada contra los pueblos cátaros del sur. Guerra civil.

En 1229 se produce el Concilio de Tolosa, la reunión que fijó el nacimiento de la Inquisición. Allí se aprobaron las 45 normas para perseguir, interrogar y castigar a los herejes. Es decir, para impedir toda forma de defensa. Se autorizaba a los designados a registrarlo todo (“incluso los rincones más escondidos”). A quitarles todo. A destruir sus bienes. Se obligaba a las personas a denunciar a sus vecinos. La delación se multiplicó y adquirió la categoría de medio probatorio. Se autorizaron los interrogatorios a puerta cerrada, sin testigos. Se perseguía a los abogados, a quienes se acusaba de herejía por hacer su trabajo. Más lejos: una anciana moribunda, que pidió un sacerdote, confesó su adhesión al credo cátaro: fue sacada de su lecho y lanzada a la hoguera. Más lejos todavía: los procesos alcanzaron a los muertos. Se abrieron las tumbas y los restos fueron sometidos al fuego purificador.

“La historia (no solo la medieval) enseña que una nación sometida a los métodos policiales se desmoraliza, se desmorona interiormente y pierde la capacidad de resistencia. Incluso la lucha más despiadada de dos hombres enfrentados cara a cara no es tan perjudicial como los murmullos, las escuchas, el miedo ante el vecino y la traición que se respira en el aire”. Bastaban las declaraciones supuestas de unos denunciantes secretos para que la maquinaria de la muerte diera un paso más. Hasta en los grupos sociales más cohesionados la desconfianza minó los vínculos entre unos y otros. En el inquisidor se congregaban el instructor, el fiscal y el juez. La intolerancia acabó con un modo de entender y estar en el mundo.