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Nelson Rivera

Libros: Zbigniew Herbert (1/3)

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Una poética de viajero: “Sólo valen la pena las ciudades en las que uno se puede perder. En Siena se puede desaparecer como una aguja en un pajar”. Ese desaparecer del que habla Zbigniew Herbert (1924-1998) no se limita al extravío, al riesgo que asume el verdadero paseante: perderse quiere decir traspasar las fachadas. Dejar atrás lo obvio. En las viejas ciudades como Siena –su historia se remonta hasta los tiempos etruscos, alrededor del año 900 a. C.– al viajero lo acecha otra posibilidad: para hacerse de la ciudad, para conocerla y apropiarse de ella, hay que ingresar a sus tiempos, abrirse paso entre los pliegues donde el pasado oculta sus relatos, sus horrores y maravillas (“Siena” forma parte de la colección de ensayos Un bárbaro en el jardín, El Acantilado, España, 2010).

Siena se ha inventado un origen mítico: sería la obra de Senius, hijo de Remo, que huyó de la ira de su tío Rómulo y fundó la ciudad. Herbert nos conduce a principios del siglo XII. Nos recuerda un momento primordial de la ciudad, cuando Siena debe escoger entre independizarse o someterse al poder de Florencia. En septiembre de 1260, el ejército florentino es aplastado por el pundonor de Siena. Más adelante, la peste arrasa la ciudad, que pierde tres cuartas partes de sus habitantes.

Por los vericuetos de la historia y de la arquitectura, Herbert se acerca a los pintores del Quattrocento y hasta dos siglos atrás, al Duocento sienés. En el debate (finalmente sin sentido) sobre quién tiene el privilegio de haber tenido el medio artístico más antiguo, si Florencia o Siena, el poeta desmiente a Vasari y señala: en Siena se ha descubierto una pintura de 1215.

En los pintores como Simone Martini, Duccio o Ambrogio Lortenzetti, están los relatos que develan los secretos de Siena. Herbert se rebela en contra de la comparación que se ha hecho de Duccio frente a Giotto. “Duccio no es de los artistas que realizan brillantes descubrimientos. Su virtud fue crear una nueva síntesis (…) No es, como Giotto, un descubridor de nuevas tierras, sino un explorador de islas hundidas”. En Duccio, el neohelenismo bizantino y el gótico se encuentran y enriquecen.

Herbert se pregunta por la huella que dejaron al mundo. Siena, como otras ciudades en Europa, es también el resultado de las ínfulas y las luchas entre los poderosos. Cada lugar es un almacén inagotable de historias de militares, aristócratas, sacerdotes y santos (o santas como Catalina de Siena). Pero también, cada lugar es el momento de reposar y tomar una copa: un chianti, obra del propietario de una trattoria. “Dice que su familia posee esos viñedos desde hace cuatrocientos años y que es el mejor chianti de Siena. Desde detrás del mostrador observa qué hago con ese valioso líquido”.