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Nelson Rivera

Libros: William Saroyan

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En 1940 rechazó el Premio Pulitzer por una obra de teatro que se llamaba Mi corazón está en las tierras altas. Tenía entonces una popularidad inesperada para alguien de 32 años, en un país donde toda una generación de grandes narradores vivía y publicaba (Hemingway, Scott Fitzgerald, Faulkner). En 1934, una narración suya, El joven audaz sobre el trapecio volante, atrapó el interés de miles de lectores en Norteamérica. Entonces se dijo que nadie había sido capaz de captar la Depresión como él.

William Saroyan (1908-1981) era hijo de un inmigrante armenio. En su obra narrativa, la idea de que Estados Unidos no puede explicarse sin la presencia de capas y capas de inmigrantes, reaparece de forma incesante. Su padre, trabajador del campo, murió cuando Saroyan tenía 3 años. Pasó varios años viviendo en un orfanato, hasta que salió de allí a reunirse con su familia. La niñez y la adolescencia fueron de vaivenes, precariedad y dificultades en serie. Desde los 9 años comenzó a ganarse la vida de todos los modos posibles, mientras estudiaba. Era una de esas voluntades que cae, se levanta y sigue. Dotado de una capacidad para registrar e inventariar los dramas que acechan en la vida corriente. Una esponja con antenas: a los 15 años lo dejó todo y se puso a escribir.

En sus libros de relatos y en esta novela La comedia humana (Editorial El Acantilado, España, 2004), basta muy poco, no más que tres o cuatro trazos, para sentir que uno ha entrado en el ámbito de un escritor: su sello y sus códigos. En el aire de las pequeñas ciudades de California. Saroyan, que trabajó en una oficina de correos, cuenta aquí la historia de Homer Maculay y de la familia Maculay. Son los tiempos de la Segunda Guerra Mundial (Saroyan publicó esta historia en 1943). Homer trabaja como cartero, a pesar de no haber cumplido con la mínima edad reglamentaria para hacerlo.

Las rutinas y los días se repiten, las horas se remedan las unas a las otras: algún pequeño incidente ocupa a los habitantes de Ithaca. De un lado al otro en su bicicleta, más que al mundo, Homer Maculay descubre al ser humano. Vislumbra la ansiedad de lo perdido o de los tiempos por venir. A veces los telegramas que entrega anuncian la muerte de algún soldado. Un viejo telegrafista, bebedor sin esperanzas, le dice un día al aprendiz: “Si ves algo que estás seguro de que está mal, no estés seguro. Si se trata de personas, ten mucho cuidado. Me perdonarás, pero tengo que decírtelo, porque eres un hombre a quien respeto, así que no me importa decirte que no está bien criticar la forma en que es nadie. A medida que un hombre se acerca al final de su época se alegra por las personas a las que conoce que van a continuar en el mundo cuando él se vaya”.