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Nelson Rivera

Libros: Vladimir Jankélévitch

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El extremismo le sirve de punto de comparación: este se enfila siempre en una misma orientación, hacia una misma finalidad, se dirige a un punto determinado. La violencia estalla: explota y sus fuerzas se expanden en todas las direcciones. No se dirige a un blanco, incluso cuando parece estar signada por una finalidad, diseñada para cumplir una tarea específica (comento aquí nada más que un capítulo que lleva por título “La violencia”, que forma parte de Lo puro y lo impuro, publicado por la editorial argentina Las Cuarenta, año 2011).

¿Si su misión no consiste en impactar en un lugar determinado, cuál es la finalidad de la violencia que activa el pensamiento de Jankélévitch? Su respuesta: romper las resistencias. No importa a qué se opone: ante la naturaleza, ante la razón o ante las realidades del amor, la violencia quiere degradar, forzar, doblegar o vencer lo que se le resiste.

Jankélévitch (se cumple su centenario, nació en Francia en 1903) señala: “Ya sea injusticia, brutalidad o movimiento forzado, la violencia implica, en primer lugar, la violación, es decir, la idea de la penetración brutal: incapaz de formular la ley de la mezcla, encuentra más expeditivo penetrar en el conjunto por efracción, introducirse violentamente quebrando la puerta. Pero la violación, impulso desprovisto de sentido, no es un movimiento verdaderamente orientado o imantado. Violación de domicilio, violación del cuerpo, profanación de la vida privada: todas estas coacciones tienen paradójicamente, como nota común, su intención humana”.

Quien está tomado por la violencia (el resentido que compara su propio estatuto en el mundo con el de otros; el rencoroso que aviva con su fuelle el recuerdo de las humillaciones padecidas; el sujeto de odios que formula su identidad sobre la negación de sus prójimos) transcurre impotente para cualquier amago de purificación: en vez de “limpiarse” a sí mismo de odios, se concentra en los obstáculos (las resistencias) que viven en los demás. Lo que debe suprimirse está afuera, en otras personas: el violento se encarniza con otro, embiste afuera, se impulsa en contra de lo que está más allá de sí mismo: el cuerpo, la entidad, la integridad que percibe como ajena.

Así, la violencia es lo contrario del recogimiento. Lo opuesto, pero también la falta de contemplación. Mientras el recogimiento conduce a la visión más profunda del mundo, la violencia disgrega, reparte sus secuelas bajo una lógica indiscriminada. Se instala en lo discontinuo. Alcanza su apogeo en la rabia. Es lo disonante, lo desgarrador, lo lacerante. Una solución falsa, porque siempre remite al pasado y no al futuro: orientada hacia la nada, existe condenada como expresión de lo desesperanzador.