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Nelson Rivera

Libros: Variyan Fry

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Hacen falta sosiego y perspectiva si se quiere pensar en Varyan Fry (en algunas traducciones el nombre aparece como Varian Fry). Asomarse a su coraje excepcional, obliga a imaginar cómo podían transcurrir las dificultades en la Marsella de 1940, días aciagos en aquella región de Francia ocupada por los nazis. Hay que imaginar los riesgos de actuar en una ciudad relativamente pequeña (tenía entonces alrededor de 600.000 habitantes), cuando muchos la calificaban como la capital cultural de Europa.

A esa Marsella bajo el control nazi llegó Varyan Fry con 3.000 dólares y una pequeña maleta, en agosto de 1940.  Llevaba una misión: crear el Centro Americano de Socorro –CAS–, filial de una organización privada de Estados Unidos, que se había propuesto salvar vidas de la persecución nazi. Fry, un sensible ciudadano del mundo, llevaba consigo una lista de 200 personas, muchos de ellos judíos, que le habían encargado proteger y sacar de Francia, en la medida de su imaginación y sus habilidades.

Se instaló en un modesto hotel y allí comenzó a operar. Marsella era, ni más ni menos, una especie de ciudad-caos asolada por el miedo, el terror de quienes no sabían cómo huir, los rumores, así como la presencia feroz e intimidante de la Gestapo y sus aliados franceses. Como escribió más tarde Arthur Koestler, en “la Marsella de 1940 se respiraba la tragedia que desembocaría en Auschwitz”. De inmediato, Fry se convirtió en una soterrada noticia que pasaba de boca en boca, entre judíos y otros perseguidos. Al Hotel Splendide se dirigían todos aquellos, innumerables, que buscaban huir de la muerte. Allí se producían los “encuentros cómplices”.

 

Resultados incalculables

Ni el mismo Varyan Fry logró saber cuántas personas se beneficiaron de su prodigioso activismo. Quienes han investigado la operación sostienen que al menos 3.600 personas salvaron sus vidas. La lectura de La lista negra. Entregar cuando se le solicite…. Cuando los artistas, los disidentes y los judíos huían de los nazis (Marsella, 1940-1941) produce perplejidad: Fry se limita a contar cómo sucedieron las cosas, sin sacar especial provecho de su heroísmo.

Su actuación equivale a la de un comandante frente al campo de batalla. Fry analizaba el estado de las cosas; sopesaba la confiabilidad de quienes se le acercaban; creó la red necesaria para cumplir con el propósito que se había impuesto a sí mismo; lidiaba con los delincuentes que engañaban y robaban a quienes huían; eludía el constante acecho de las autoridades; estudiaba nuevas rutas de escape; participaba en gestiones ilegales como la fabricación de pasaportes falsos; buscaba los recursos para que las operaciones culminaran con éxito; mantenía un falso sosiego cuando los controles policiales o militares ponían en peligro a sus protegidos; armaba los grupos y velaba porque los mismos alcanzaran la meta de cruzar los Pirineos o lograran embarcarse hacia algún rumbo en el norte de África. 

 

Fry: un símbolo

Para darle dimensión a lo que Fry representa en la historia del siglo XX hay que hacer un esfuerzo por imaginar la realidad con la que se encontró al llegar a Marsella: el hombre que traía una lista de 200 nombres en el bolsillo de su chaqueta se vio confrontado a una demanda de varias miles de personas, en su mayoría judíos. No llegó a Francia preparado para semejante operación. Pero algo en su corazón lo guiaba como un mandato. Fry había visto una vez cómo un nazi clavaba un cuchillo en la mano de un judío. Si debo sintetizar el heroísmo de Fry en una frase, diré: sentía que salvar la vida de los perseguidos era una responsabilidad. Fry o la responsabilidad de la proteger la vida de otros. En una de las pocas operaciones donde las cosas no salieron como se habían planificado, un pensador judío advirtió que corría el riesgo de caer en manos de los nazis. Una noche a finales de septiembre de 1940, en la habitación de un pequeño hotel, ingirió una dosis de morfina que le mató en poco tiempo. Se llamaba Walter Benjamin.

Hannah Arendt, Lion Feuchtwanger, André Breton, Franz Werfel, Arthur Koestler, Victor Serge, Heinrich Mann, Marc Chagall, Marcel Duchamp, Max Ernst, Golo Mann, Ann Seguers, Simone Weill, Tristán Tzará, Claude Levi-Strauss, Roberto Matta y muchos otros pensadores y creadores, lograron cruzar las fronteras. A Fry la policía le interrogaba y le seguía los pasos, hasta que en octubre de 1941 fue expulsado de Francia.

El regreso a Estados Unidos fue frustrante. Copio aquí un párrafo del prólogo de Mercedes Monmany, con el que cierro estas notas: “Varyan Fry sabía más que nadie que el tiempo, y todos los recursos empleados, eran oro a la hora de salvar a cientos, a miles de refugiados que diariamente huían del terror nazi. Una vez de vuelta a su país, emprendería una quijotesca gira de conferencias, sin demasiado éxito, donde denunciaba la política de inmigración, a la vez que intentaba sensibilizar a la opinión pública norteamericana no solo en favor de los refugiados que intentaban desesperadamente evadirse, sino también, y sobre todo, alertando sobre la masacre sin piedad de los judíos europeos. Una masacre –aún no denominada Holocausto– que se había comenzado a producir frente a la casi total indiferencia de todos”.

La lista negra ha sido publicada por la Editorial Confluencias, en España, en 2015.