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Nelson Rivera

Libros: Thomas Bernhard

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El primer relato lleva el nombre del libro: Goethe se muere (Alianza Editorial, España, 2013). Pero aquí Goethe no es exactamente el campeón de las letras alemanas y de Europa, la figura tutelar del romanticismo, el más alto espíritu del siglo XIX, sino un viejito antojadizo, a quien se le ha metido en la cabeza, en los días previos a su muerte, nada menos que un imposible: quiere que le lleven a Wittgenstein a su casa, que ni siquiera ha nacido (Goethe murió en 1832 y Wittgenstein nació en 1889). Pasto de la comidilla y las rivalidades de sus secretarios (aparece Eckermann, pero también otros dos llamados Riemer y Kraüter, que bien podrían ser de la invención de Bernhard), Goethe, además del más grande calificador (descalificador) es un sujeto que desdeña, apresado en pequeños egoísmos y continuas demostraciones de prepotencia hacia quienes le veneran.

El libro sigue con “Montaigne”, que aquí, contrariando el horizonte de la infancia feliz y protegida que se cuenta en sus biografías, nos pone de narices no ante el imaginario del niño-genio, sino del niño-monstruo, del adulto que no ha logrado escapar de las fauces de la familia (“Porque cada mañana se nos recuerda inevitablemente que nuestros padres, con espantosa sobrestimación de sí mismos y, realmente, con su megalomanía procreadora, nos han hecho y parido, y nos han echado a este mundo, más horrible y repulsivo y mortal que agradable y útil”). La biblioteca de Montaigne ya no es el mítico lugar donde el hombre se guarda a escribir sus ensayos, sino una trampa o un refugio o un escondrijo, donde cavilar o sustraerse de las energías de una familia que, en su fondo, le odia y quisiera aniquilarlo.

También en los otros dos textos, “Reencuentro” y “Ardía”, que Bernhard sugirió a su editor reunir con “Goethe se muere” y “Montaigne” en un volumen, deambulan, dan vueltas alrededor de una visión primordial, presente en buena parte de su literatura: la del mundo y de la familia como prisiones. Mecanismos de asfixia, que cercan a los individuos con las peores intenciones (los personajes de Bernhard, siempre hostilizados, usan verbos como aniquilar, masacrar). Un personaje de “Reencuentro” dice: “El hombre no debe ponerse nunca los vestidos paternos”.

Fuerzas siempre crispadas, relaciones humanas a punto de estallar, odios que se complementan, alimentados por una simetría que es evidente y secreta a un mismo tiempo, la prosa de Bernhard circunvala y regresa a sus temas de siempre: el vínculo ambivalente de pasión y odio por su país (Bernhard prohibió que su obra dramática se escenifique es Austria, mientras estén vigentes sus derechos de autor), la desmitificación de los iconos de la cultura, la imposibilidad de alcanzar una vida que no sea la de una cruel intemperie.