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Nelson Rivera

Libros: Sylvia Molloy

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Tres o cuatro horas son suficientes para recorrer las escuetas y despojadas páginas de Desarticulaciones (Eterna Cadencia Editora, Argentina, 2010). Autora de una obra narrativa de pocos títulos, en 1981 publicó la novela En breve cárcel, que proyectó su nombre en todo el ámbito de la lengua española.

Más de dos décadas después, en 2002, publicó su segunda novela, El común olvido, volcada sobre la experiencia de quienes se van de su país y experimentan el debate interior que significa proponerse regresar. Al año siguiente, 2003, publicaría Varia imaginación, colección de relatos que, como la misma Sylvia Molloy (Buenos Aires, 1938) ha explicado, fueron construidos a partir de materiales sueltos que no entraron en El común olvido.

Desarticulaciones confronta la voz narradora con el llamado mal de Alzheimer. Cada visita a la amiga cuya memoria desaparece paulatinamente suma un nuevo desconcierto (leyendo tuve la sensación de que, siendo un texto de ficción, todo el cuadro conductual de la persona enferma parece fundado en un caso real).

Mientras fragmentos de la vida pasada se hunden sin remedio, los hábitos de la cortesía, la capacidad para deducir y extraer conclusiones, la facultad de traducir de una lengua a otra, se mantienen activos como si respondieran a otros procedimientos (a otros territorios) de la mente. En esa brecha entre lo que pervive y lo que fenece, tienen lugar estas Desarticulaciones.

Transcribo aquí el fragmento titulado “Libertad narrativa”: “No quedan testigos de una parte de mi vida, la que su memoria se ha llevado consigo. Esta pérdida que podría angustiarme curiosamente me libera: no hay nadie que me corrija si decido inventar. En su presencia le cuento a alguna anécdota mía a L., que poco sabe de su pasado y nada del mío, y para mejorar el relato invento algún detalle, varios detalles. L. se ríe y ella también festeja, ninguna de las dos duda de la veracidad de lo que digo, aun cuando no ha ocurrido. Acaso esté inventando esto que escribo. Nadie, después de todo, me podría contradecir”.

La narración no se inclina tanto ante los cambios que se producen en la vida de la paciente, como ante las preguntas que el Alzheimer genera entre quienes lo observan desde la afectividad más próxima. Al drama de la pérdida de identidad (en alguna parte leí este anhelo radical: que todo enfermo de Alzheimer merece un biógrafo que salve su vida), se solapan otros debates: con qué materiales mantener el vínculo con la persona afectada, cuando los recuerdos comunes se pierden uno a uno, o la dificultad de reconocer qué sentimientos no han naufragado en el mar del olvido. A la debacle creciente de la memoria se corresponde el deseo, también creciente, de certidumbres.