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Nelson Rivera

Libros: Sigrid Nunez

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Un triángulo. En uno de sus vértices, los dos volúmenes publicados en español hasta la fecha, que contienen una selección de los diarios de Susan Sontag, entre 1933 y 1980. En otro, Un mar de muerte. Recuerdos de un hijo, las memorias de David Rieff, escritas a posteriori de la muerte de su madre. En el tercer vértice, Susan Sontag, la biografía no autorizada escrita por Lisa Paddock, que debió vencer la resistencia de la biografiada para hacer posible la investigación que la fundamentara. En el centro de este triángulo, como si hubiese sido escrito para reconsiderar a todos los mencionados, este compensador Siempre Susan, de la narradora y ensayista norteamericana Sigrid Nunez (Errata Naturae Editores, España, 2013).

Tiene las dos virtudes: la proximidad: Nunez convivió por casi dos años con la familia Sontag-Rieff (Nunez fue pareja de David Rieff durante ese tiempo); y la distancia: publicado en 2011, cuenta experiencias comunes que tuvieron lugar entre 1976 y 1978. Libro de recuerdos: para abrir las ventanas de la intimidad de Sontag, Nunez cuenta su propia historia. Construye un mapa de tensiones y un relato de la cotidianidad compartida en el apartamento 340 de Riverside Drive, en Nueva York. Nunez llega a Sontag por recomendación de los editores de The New York Review of Books: debe ayudarla a contestar centenares de cartas acumuladas en unas pocas semanas, durante el tiempo en que Sontag atendía el cáncer que le había afectado uno de sus pechos. Al poco de conocerla, la madre promueve la liason entre su hijo y Nunez, quien daba sus primeros pasos como narradora. Son los tiempos en que Sontag mantenía una relación con Joseph Brodsky.

La nevera siempre vacía. Algún almuerzo que consistía en destapar una lata de sopa y calentarla. Sontag siempre ganada a cada posibilidad de romper las reglas. La vida entre personas que vivían en los juegos de la mente. El desprecio por aquello que calificara como servil o aburrido. La figura del escritor como un sujeto heroico, ejemplar. El alicate arriba del televisor para así cambiar de canal. El regusto de Sontag por la exageración. Su devoción extrema por la belleza en el cuerpo humano. La feminista que parecía detestar a las mujeres. La osadía como presencia en muchos de los escritores que le gustaban: Italo Calvino, Jorge Luis Borges, Bohumil Hrabal, Samuel Beckett, W. C. Sebald y algún otro. Su seriedad impenitente y su falta de humor también impenitente. “La imagen imperecedera que tengo de ella se amolda exactamente a la de una estudiante, una de esas fanáticas que se queda despierta toda la noche, rodeada de pilas de libros y papeles, apurándose, fumándose un pitillo tras otro, leyendo, tomando notas, aporreando la máquina de escribir, motivada, competitiva”.