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Nelson Rivera

Libros: Scott Fitzgerald

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De la gaveta donde cualquiera de nosotros guarda sus manías y adminículos, pedazos de vida que bien podrían hundirse en el olvido; de la gaveta donde se acumulan las cosas inacabadas que son, a fin de cuentas, trazos de la existencia; de la gaveta donde se ocultan pistas inadvertidas de lo que somos: de ese lugar, que las más de las veces permanece desatendido sin remedio, provienen las piezas, los raptos, las promesas de El Crack-Up (edición de Capitán Swing Libros; traductor de lujo: Mariano Antolín Rato; España, 2012).

A los amorosos criterios de Edmund Wilson (1895-1972), ensayista y crítico literario, paciente amigo de Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) y uno de los más sensitivos conocedores de su obra, debemos la edición de esta obra (que incluye cartas cruzadas entre ambos). Fitzgerald dijo una vez de Wilson: Es el amigo que me toma del brazo cuando me acerco al despeñadero.

Inventario de un gran escritor en su declive, El Crack-Up resulta inagotable: todo en sus páginas bulle de pistas y sugerencias. Ensayos breves (el que inaugura el libro, “Ecos de la era del jazz”, es canónico de la tipología con que Scott Fitzgerald se aproximó a su propio tiempo); ideas que cualquier estudioso podría convertir en objeto de estudio (“No hay pintura inglesa porque todo lo pusieron en palabras”); impresiones de un observador de cuanto le rodeaba (“Siempre llevaba un botón en la raya de sus pantalones”); aforismos de trazo fulminante (“Tenía un negro futuro. Lo odiaba todo”); ejercicios paradójicos (“Una vez había un gran montón de alpiste por la habitación porque un escritor había adoptado un pollo. Era imposible explicarle a nadie por qué había adoptado precisamente al pollo, pero todavía era más imposible saber por qué había comprado el alpiste para el pollo. El pollo posteriormente fue asado y el alpiste se tiró, pero la cuestión de si el hombre era un escritor o un lunático todavía seguía sin resolverse en la mente de los camareros que tuvieron que ocuparse del asunto. Los camareros del hotel no lo entendían. Tampoco entendieron cómo meses más tarde había podido escribir el hombre un relato sobre aquello, pero todos compraron la revista”).

En tanto que lo fragmentario es un signo de nuestro tiempo, es posible que hoy estemos más dispuestos a leer, no tanto los fragmentos, sino lo que aguarda “entre” fragmentos. Más atrás de lo que sabemos (que Scott Fitzgerald era un alma herida), en medio de su lento descenso, el hombre cuidadoso (“puedes acariciar a la gente con palabras”), sigue allí, imperturbable entre sus brillantes partículas: un hombre que anota su vida y, más allá de sí, la vida que alcanza a percibir desde su repliegue. Un escritor, a pesar de que ya tenía la mirada rota, hasta el último trecho.