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Nelson Rivera

Libros: Richard Sennett (y II)

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La primera pieza que Sennett coloca en el tablero es una lectura del cuadro de Édouard Manet, El bar del Folies-Berger, que plasma la tensión del desplazamiento: lo propio y lo extraño. Este cuadro, imagen poblada de elementos, le permite introducirse (diré, entrar de forma oblicua), en una familia de conceptualizaciones: el extranjero, el inmigrante, el exiliado, el expatriado (copio: “El espectador es atraído al interior de la escena por el uso que hace Manet de los espejos, que crean una experiencia especial de desplazamiento”).

De allí pasa al París de 1830-1840: ciudad en la que vivían emigrados de otras partes de Europa y que actuaban para que la opinión pública se pusiera en marcha en su favor: en esa escena, la imagen del extranjero como sufriente quedaría fijada en la forma que ha conservado hasta nuestro tiempo. En la Revolución de 1848, nación y nacionalismo adquieren dimensión antropológica. El territorio se conforma como sinónimo de identidad. Copio: “Esta imagen antropológica de un volk es un acontecimiento que marca una época en la iconografía y la retórica sociales moderna (...) estableció lo que hoy podríamos llamar regla básica de la modernidad para tener una identidad. La identidad más fuerte es la que se tiene sin conciencia de tenerla”. Dicho de otra manera: la idea del näif como un sujeto moralmente superior. Leo El extranjero. Dos ensayos sobre el exilio (Editorial Anagrama, España, 2014), del sociólogo norteamericano Richard Sennett (1943).

Este límite entre estar en el lugar apropiado o fuera de lugar, cristaliza en la figura de Aleksander Herzen (demócrata que huyó de Rusia en 1847 y no volvió nunca), que deambuló por Europa hasta su muerte: la cuestión de estar al margen, por una parte, pero también la exigencia que se impone al extranjero de hacerse a sí mismo, de tomar el control de la realidad del desplazamiento, son los enunciados de la contradicción en juego. En este punto Sennett se desplaza a la problemática de Edipo rey: el origen convertido en destino. “Al mirar hacia los inicios de nuestra civilización parecería que el exilio, el desposeimiento, la migración hubiesen sido mucho menos importantes que las marcas de los orígenes y de la pertenencia”.

El extranjero se ha desplazado respecto de sus propias raíces. En Atenas y en Jerusalén, la condición de extranjero fue considerada como un estigma porque es irremediable. La civilización ha vivido con el conflicto entre la verdad del lugar y la verdad que descubre la mirada del extranjero. Pero Herzen es también el trágico que jamás se cura de la falta de hogar. La nación, para quien se ha convertido en un extranjero, representa dos peligros: el de los recuerdos y el del olvido.