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Nelson Rivera

Libros: Raymond Murray Schafer (2/4)

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Paisajes sonoros de alta y de baja fidelidad: Murray Schafer (El paisaje sonoro y la afinación del mundo, Editorial Intermedio, España, 2013) se sirve de la oposición rural-urbano para explicar las diferencias. En lo rural predomina la alta fidelidad, porque el bajo nivel del ruido ambiental promedio hace posible escuchar los sonidos discontinuos. Ocurre lo mismo con la noche con respecto al día, y en el mundo antiguo con respecto a los modernos. En un ambiente rural, es mucho lo que puede escucharse en la lejanía. En la ciudad pasa lo contrario: la sobrepoblación de sonidos impide escuchar con nitidez y nuestro ámbito se reduce solo a lo más inmediato. La distancia desaparece y se convierte en presencia.

Por mediación de los clásicos de la Antigüedad, Lucrecio, Teócrito, Virgilio y tantos más, “escuchamos” a los pastores, las primeras granjas, el empeño de domesticar a los animales y hacer producir la tierra. Sobre el fondo del paisaje sereno, las voces o los gritos de los humanos, el cuidado o la destrucción de la vida, los peculiares sonidos de la caza. En la vastedad del mundo rural, la aparición de nuevos elementos ocurrirá de forma paulatina. Hay una sonoridad básica, asociada a los modos de vida y de producción (la granja), que mantendrá algunos de sus elementos básicos hasta el siglo XIX. De la Antigüedad romana proviene, de forma más persistente, la asociación entre música y descanso (“el hombre solo descubre la cadencia y lo lírico en cuanto se libera del trabajo físico”).

A la sonoridad metálica de la guerra, habrá que añadir el uso creciente de la pólvora a partir del siglo XIV. Las batallas no solo eran visuales (como lo demuestran los uniformes de los guerreros hoplitas), sino también auditivas: durante siglos se consideró que gritar al enemigo aumentaba su temor.

Otra sonoridad, quizás “el acontecimiento acústico más importante de la vida civil”, tomó su espacio: la celebración religiosa. Del espacio religioso, aunque no de forma exclusiva, deriva ese sonido maravilloso y signo de nuestras vidas, el tañido de las campanas de las iglesias. La campana define a la parroquia como espacio acústico. Su sonido es centrípeto: atrae a los fieles al encuentro de Dios. En el siglo VIII las campanas se habían extendido por Europa. Recordaban a Dios y también los deberes y las horas. En el siglo XIV la campana se unió al reloj: al recordar las horas insistían en el beneficio de las rutinas (esta idea nos conecta con otro libro y con otra idea: Autoridad, libertad y maquinaria automática en la primera modernidad europea, de Otto Mayr, que contiene un capítulo dedicado a la idea de “El Estado como mecanismo de relojería”).