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Nelson Rivera

Libros: Peter Handke

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En ese paso inasible entre la infancia y la adolescencia, Peter Handke descubrió el Lugar Silencioso (así, con mayúsculas). De modo paulatino: Las variaciones de la luz que los ilumina. La distancia a recorrer hasta llegar a ellos (mientras más alejados de la locuacidad del mundo, mejor). Las variadas ubicaciones que ocupan en la jerarquía de los espacios. El murmullo que, a veces, se escucha en algunos como si fuese una marca o un signo de identidad.

La vaga memoria del retrete en la casa campesina del abuelo, en la región sur de Carintia; los váteres del colegio o, más adelante, del campus universitario; las cabinas de servicio en estaciones de trenes y buses; aquellos cuya puerta solo se abría tras introducir una moneda en la ranura; el recuerdo de una noche en que Handke durmió hecho un ovillo en la aspereza de un baño público.

El Lugar Silencioso como doble posibilidad: recurso para alejarse y luego regresar a los demás: “Hasta el día de hoy sigo sin saber lo que en mí se rebelaba contra el hecho de formar parte de un grupo”. El retrete como punto de evasión, sitio de encuentro consigo mismo, espacio de reconocimiento del propio cansancio, secreto escenario de la imposibilidad que uno porta. Interior diferenciado, oculto, habitáculo de otra materialidad, con frecuencia distante de las habitaciones donde los demás se encuentran, el tiempo en el Lugar Silencioso transcurre bajo otra lógica. Envuelto en una dinámica propia. Para Handke, refugio. Caseta del yo en su recogimiento. Espacio donde el escritor ha encontrado un ambiente para dejarse estar (quizás no el más adecuado, pero quizás menos inadecuado que otros), para salir del tumulto, ponerse del lado afuera de esa cháchara torrencial y mundana que jamás hace pausa.

A Handke, él se ocupa de aclararlo, los Lugares Silenciosos no le han servido exclusivamente de “refugio, asilo, de escondite, de protección, de cueva de eremita”: también se han constituido en mirador, cabina de observación de sí y de los demás, cuarto de pensar, de preguntarse por la exigencia social, por la personalidad asocial o apenas sociable que es Handke: “Lo que ahora, mientras estaba escribiendo estas notas, me he estado preguntando en secreto me lo pregunto por escrito: mi búsqueda de los Lugares Silenciosos, a lo largo de mi vida, algo así como por todo el mundo, muchas veces, además, sin una especial necesidad, ¿era una expresión, si no de huir del grupo, sí, no obstante, de una aversión al grupo, de un hastío de esta sociabilidad? El hecho de que, estando en medio de los otros, me levantara de repente y me marchara de su compañía, a ser posible doblando varias esquinas y pasando por más de nueve veces treinta escalones: ¿un acto asocial, antisocial? Sí, este es el caso, y lo es a veces de un modo incontestable”.

Si tuviese que ubicar este ensayo en un posible diagrama de la obra de Handke, quisiera sugerir esto: Ensayo sobre el Lugar Silencioso (Alianza Editorial, España, 2015) debe leerse en las proximidades de El peso del mundo, diarios simplemente incomparables. Pasa lo mismo que con su Ensayo sobre el cansancio: ambos operan como desarrollos, pedazos ensamblables de su merodear autobiográfico.

Los tres habitan, me parece, en un mismo cuadrante: un pensamiento que deambula, escritura que se enfrenta con su más poderosa tentación, la de abandonarse al silencio: Handke escribe para salir del mutismo, para abrir fisuras en su propio cascarón. Por lo tanto, el Ensayo sobre el Lugar Silencioso configura el relato de una doble evasión: cuando Handke se levanta para dirigirse al retrete y permanecer allí un tiempo, no solo aleja de la altisonante sonoridad que producen sus semejantes: también toma distancia ante su propio alejarse, revisa la vocación más poderosa de su espíritu, que es la de replegarse y hacer silencio.