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Nelson Rivera

Libros: Miguel Albero

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Siempre aparece con vestimenta distinta: quizás una de las propiedades más evidentes del fracaso es su plasticidad, su capacidad de adaptarse a la vida de cada quien. Pero hay un par de elementos esenciales que deben ser enunciados: uno, que la idea de fracaso está asociada a la de resultados: las personas fracasamos en la medida en que no alcanzamos un determinado objetivo, en que apenas conseguimos un “resultado adverso”; dos, ese fracaso es parte de una escena con público (el fracaso ocurre ante los demás). A lo anterior cabría añadir esto: el fracaso puede ser o no el resultado de una confrontación con otro u otros. Ocurre a menudo que fracasamos solos porque no cumplimos con la meta, porque nos imponemos logros más allá de lo posible o porque en nuestras propias interpretaciones de la realidad nos escamoteamos el éxito.

Instrucciones para fracasar mejor. Una aproximación al fracaso (Abada Editores, España, 2013) es un libro de matices (con recurrentes apelaciones al humor): Albero nos recuerda que el fracaso, en tanto que antónimo de éxito, es característico de nuestro tiempo, de la razón productiva, de la organización de la vida personal y de las instituciones alrededor de proyectos: solo quien tiene un proyecto puede fracasar, aunque no tener un proyecto también puede ser una modalidad del fracaso.

Albero indaga en los asuntos etimológicos y en la reflexión filosófica que autores como José Ortega y Gasset, Hans Blumenberg y Emil Cioran han hecho del fracaso. También nos remite a Jean Lacroix, “que tiene en su haber el ser el primero que estudia de un modo sistemático el fracaso”. Llegado al territorio de la literatura, Albero despliega su sensitiva condición de ensayista: su luminosa hipótesis nos sugiere que la literatura ha sido la tierra abonada, el receptáculo dispuesto donde el fracaso ha encontrado su mejor acogida. Y, a partir de la senda inaugurada por El Quijote, elabora un sugestivo primer recuento: el García Márquez de Cien años de soledad, el Roberto Bolaño de Los detectives salvajes, el Junot Díaz de Vida breve de Oscar Wao, el Antonio di Benedetto de Zama, el John Kennedy Toole de La conjura de los necios, el Scott Fitzgerald de El gran Gatsby y otros (lo que hace visible y relevante el fracaso de Scott Fitzgerald es justamente su lucha desesperada por triunfar, por hacerse de una victoria duradera y resonante).

La complejidad del fenómeno del fracaso puede remitir, por ejemplo, al espectáculo del lento hundimiento de Venecia, pero también al debate de si el suicidio, en algunos casos, puede ser considerado la expresión última y radical del fracaso. O, por el contrario, si la decisión de acabar con la propia vida es la puerta para escapar del fracaso de una vez por todas.