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Nelson Rivera

Libros: Michel Serres

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“Los tobillos, desde la planta de los pies hasta las pantorrillas, muslos y pliegues poplíteos, las rodillas, los genitales y las nalgas, el tronco entero, desde la pelvis a la cintura escapular, ombligo y mediastino incluidos, bíceps y puños, hasta las uñas, la nuca, el pelo que me queda, la cara con sus arrugas, todo, la piel y los huesos, músculos y neuronas, todo, ya les digo, toda la espesa imagen de mi apariencia, todo lo que, de cerca o de lejos, ustedes llaman por mi nombre, todo está hecho de guerra”. Michel Serres escribe desde la herida abierta. Preciso: desde las muchas heridas de su vida, nunca cerradas. Y acepta que esa es la escritura, la estipulación, la agonía desde la que expresarse.

La guerra mundial (Ediciones Casus-Belli, España, 2013) traspasa la dolencia, el lazo indisoluble de Serres con los conflictos bélicos que ha experimentado de forma directa, a lo largo de su vida (la Gran Guerra, la Guerra Civil de España, la Segunda Guerra Mundial, Argelia). Su baldón al mundo no se agota en lo testimonial o lo biográfico. Mira hacia la condición humana. Al ámbito que podríamos llamar de lo antropológico. Al malestar insoslayable en el corazón de un hombre, inscrito en el conflicto de lo humano. A la legalidad que autoriza la muerte. A la literatura que se adentra en las fibras del mal. A la voluntad que hizo posible que los antiguos le dieran formas a rituales de ordalía, para escenificar el juicio de Dios.

Las preguntas de Serres son como manifiestos lanzados al viento: quizás no estemos habilitados para escuchar todo lo que él quisiera decirnos. La invocación de Horacio; el pensamiento que se refiere a lo que está representado en el rugby; su inesperada corrección de Clausewitz (Clausewitz, sostiene, se equivoca cuando confunde la guerra con el terror); las extrañas asociaciones entre fetiches y divinidades (Goya, una de ellas) surgen en su prosa jadeante como pedazos de la experiencia que él recogiera en un almacén de trastos: puestos a contraluz con prismas para volver a mirar al mundo.

Una medida de mi fascinación y mi desconcierto: no tengo un lugar adecuado en mi biblioteca para Serres. En un borde, donde está Moriendo, el inasible viaje al dolor de Roger Laporte (“Quisiera lanzar los dados otra vez pero, ¿no es demasiado tarde?”), podría encontrar alguna afinidad. Pero ni siquiera eso es seguro. Mientras Laporte cruza un umbral, sin volver nunca su rostro a la humanidad que ha dejado atrás (“Proseguir. Proseguir”), Serres no corta su lazo con la condición humana. Si Laporte parece buscar lo humano más allá de los confines del sufrimiento, Serres dice: Finalmente no será posible dar la espalda: mientras haya hombre, estará condenado a verle el rostro a la matanza.