• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Nelson Rivera

Libros: Michel Onfray

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Pensar el paisaje exige traspasarlo. Desde afuera, como un simple espectador de su fachada, poco habrá que decir. Al ingresar a él, se corre un riesgo: que el paisaje trague a su visitante. Ciertos lugares devoran (esto lo decía Bruce Chatwin de la Patagonia). Van apresando los sentidos: primero la vista, a continuación el oído. A los días, el olfato. El libro que hoy comento es posible porque su autor ingresó al paisaje, pero no se dejó atrapar. Hablo aquí de Estética del Polo Norte, del filósofo Michel Onfray.

Filósofo prolífico, Onfray (1959) ha sido traducido ampliamente a nuestra lengua: no menos de unos doce títulos suyos han sido publicados en la última década. Tengo la idea, que habré de verificar en el tiempo, de que este Estética del Polo Norte (Gallo Nero Ediciones, España, 2015), publicado por primera vez el año 2002 en Francia, es una de sus escrituras más peculiares: un texto irreducible a un género.

El libro da cuenta de un viaje que Onfray realizó junto a su padre al Polo Norte. Libro de viaje; guía cultural; ensayo que toma de la antropología, la sociología y la filosofía; desarrollo de una poética; pero también atisbo de la relación que el pensador establece con ese paisaje “aparentemente inmóvil, estable y silencioso”, expresión de una naturaleza “radical y amoral, telúrica y primitiva, inhumana y majestuosa”.

Onfray avanza hacia la interioridad del Polo Norte. La primera de sus reflexiones, que dedica a la piedra, habla de su voluntad ontológica. La geología refiere al tiempo, no a cualquiera, sino a uno inmemorial, casi eterno, tiempo mineral, tiempo donde el tiempo tiene la majestad de lo inmutable (idea preciosa: cuando el hombre ártico talla una piedra, el tiempo geológico deriva en tiempo contractual). “No hay monumento más conceptual y mínimo que la mera superposición de piedras, que es a la vez geología y geomorfología, geografía y antropología, mística y religión, metafísica y ontología: en este montón de piedras secas y salvajes se encarna una filosofía del otro, la supervivencia, el viento y los elementos”.

Hay una elección ética y estética de Onfray: la de pensar el Polo Norte en sus tiempos, como si todo ello fuese una secuencia: a partir del tiempo geológico, la travesía pasa por el tiempo climático, el tiempo expandido, el tiempo vivido, el tiempo petrificado, el tiempo disimulado, el tiempo alógeno, el tiempo robado y el tiempo agotado. En esos múltiples tiempos, nada vence al frío. Pedir socorro: tal el estatuto del cuerpo sometido a condiciones que exceden las capacidades humanas. Si se pierde la lucha con el frío, el resultado será el cuerpo momificado. ¿Acaso ese frío no tiene una condición metafísica? ¿Acaso no podemos imaginar que ese frío exista como un frío más allá del frío?

Se trata, en mucho, de esto: un mundo que vive bajo la ley del frío. Bajo el dictado de los dioses del clima. Que puede reducir la existencia a lo mínimo esencial. Quizás ningún lugar como la inmensidad del Polo Norte, en la vastedad sin atisbo de cultura, sea tan propicio para pensar en los límites de la condición humana, en las posibilidades del hombre de emparentarse o distinguirse de cuanto lo rodea. Igual que ocurre ante la inmensidad oceánica, el hombre adquiere en ese paisaje la dimensión de la partícula.

Vivir allí es supervivir. Responder a las demandas del cuerpo, siempre urgentes, siempre insistentes. Onfray formula una comparación: si existe un epicúreo, ese es el antiguo inuit. El signo, inexorable, es el de la escasez. “Tiempo de la ascesis y la renuncia, de la carencia y la escasez, del defecto y la renuncia”. Dotado de un calmo sentido de la observación, Onfray narra figuras (sus páginas sobre el oso polar resultan memorables); procesos (la alimentación, por ejemplo, que es un tema dilecto en varios de sus libros); significados (como el estatuto de la oralidad o la memoria en aquellas regiones).

Desde el Polo Norte, Onfray se interroga sobre los parámetros de vida en Occidente y, con el corazón en estado de escándalo, por el modo en que las poderosas naciones fronterizas han intervenido y dominado esa región (incluso a través de subsidios que han creado perniciosos y múltiples casos de ociosidad). Se cierra el libro con la sensación, con un vago presentimiento de seres humanos y de una región en peligro de ser liquidada.