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Nelson Rivera

Libros: Massimo Recalcati

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Diagnóstico: el padre ha eclipsado. La autoridad que solía encarnar la figura paterna ha sido dejada atrás. Recalcati hace una tajante aseveración: “Su tiempo está irremisiblemente acabado, agotado, ha caducado” (de hecho, se habría constituido el surgimiento del padre-hijo: “Persiguen amistades fáciles en las distintas redes sociales; se visten de la misma manera que sus hijos, juegan con sus mismos juegos, hablan el mismo idioma, tienen los mismos ideales”). En oposición a Edipo, quien rivaliza con el padre hasta el extremo de matarle, se invoca la figura de Telémaco, el hijo de Ulises, que anhela la vuelta de su padre para que restituya la Ley (El complejo de Telémaco. Padres e hijos tras el ocaso del progenitor; Editorial Anagrama, España, 2014).

Pero el regreso del padre-héroe ya  no es posible. En la “Era de Telémaco”, quien podría regresar es un padre humanizado, vulnerable, no un pontificador, pero sí alguien que con su testimonio pueda mostrar “que la vida puede tener sentido”. Es ante ese padre sin pedestal que el hijo sin futuro (habitante de un mundo incierto y esclavo de un deseo de goce ilimitado) puede atravesar la ausencia estructural del padre.

Ese padre que ya no tiene la última palabra: apenas puede ofrecer su vulnerabilidad. El adulto ya no es un modelo. Los hijos lo saben “todo” más temprano. Cada vez son más cortos los tiempos en que superan a sus padres. Ni siguen los caminos trazados por sus padres y a menudo están obligados a trazar un camino diferenciado para sus vidas. Pero la renuncia al padre no supone ya su rechazo: no es tiempo de Edipo, tampoco de Narciso, sino de Telémaco.

Recalcati (psicoanalista que cita a Lacan con frecuencia e incorpora a su reflexión recorridos por temas relacionados y conexos que omito en esta síntesis por razones de espacio) ajusta su tesis: el movimiento de heredar (heredar al padre en sentido simbólico) no se produce de forma automática. No existen cosas tales como obligación, destino, naturaleza o necesidad histórica. Se trata, en las palabras del autor, de nacer-una-segunda-vez, acicateado por el deseo. “Es necesario el encuentro con el deseo del Otro. Este encuentro no queda garantizado por la estirpe, ni tampoco por la memoria histórica del pasado. Una herencia nunca es una apropiación de uno mismo, sino que tiene siempre como premisa una separación, un desarraigo, una distancia imposible de colmar”. Heredar no es anclarse en el pasado, ni tampoco negar la memoria. Heredar, sostiene Lacan, exige el luto del padre. Significa ubicarse en un lugar entre la memoria y olvido, pertenencia y traición, proximidad y distancia. Es el resultado de reconocer la necesidad del Otro al tiempo que se lucha por romper la dependencia.