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Nelson Rivera

Libros: María Sonia Cristoff

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La soledad configura. El alma del solitario se apura en replegarse, en tomar distancia del acontecer del mundo. Si el solitario, además, vive aislado, encontrarle redobla la exigencia. Llegar hasta él, alcanzarle, requiere de cautela y tino: refinada intuición que avisa si ha llegado o no el instante de cruzar el umbral, de ofrecer una palabra, de tender algún gesto.

Los encuentros que me dispongo a comentar tuvieron lugar en la Patagonia argentina. La vastedad patagónica equivale a lejanía y aislamiento. Hasta allí llegó María Sonia Cristoff (1965). El que ella haya nacido en Trelew, ciudad perteneciente al departamento de Chubut, Patagonia, no debería sobrestimarse: desde los 20 años, la escritora vive en Buenos Aires. Al regresar es, como cualquiera, una foránea. Alguien que al llegar allí debe presentarse y acceder, obligada a vencer las resistencias.

Falsa calma. Un recorrido por pueblos fantasma de la Patagonia (Editorial Alpha Decay, España, 2016) es la escritura que resultó de esa experiencia. No es, como podría pensarse a priori, un reporte geográfico, urbanístico, catastral o topográfico de lo que vio en distintos pequeños poblados. No es un libro de viajes a la manera de Sthendal, Patrick Leigh-Fermor o Bruce Chatwin, virtuosos del arte de observar la naturaleza, las costumbres y el desenvolvimiento exterior de la vida. Sthendal, como Mark Twain, Paul Theroux o Emilia Pardo Bazán, fue un habilísimo colector de anécdotas y personajes: tampoco de esto trata el abordaje de Cristoff.

El viaje Cristoff es a las personas. A la nuez de algunas personas a las que conoció en los “pueblos fantasma” durante su regreso-recorrido a las tierras patagónicas, a 1.500 kilómetros de Buenos Aires. Su aproximación no es tanto visual como auditiva: les escucha con todos sus sentidos (incluyendo el de la vista). Escucha los silencios, los balbuceos, las palabras enfáticas o titubeantes, las maneras como cada una de esas personas asume su lugar en el mundo, en la circunstancia y especificidad que es la Patagonia. No se vive allí sin consecuencias: separado de otras realidades; bajo condiciones de incertidumbre y precariedad. Como si la proporción entre lo que hay y lo que no hay, fuese especialmente desventajosa en aquella inmensa zona.

La vocación de Cristoff por las personas, no la enajena de la dimensión cultural y socio-política. Página a página, dato a dato, el lector va construyendo –así, en gerundio, por acumulación– el marco patagónico: el aislamiento como signo cultural y vital; los sueños individuales o públicos que han perdido su impulso inicial; las apariciones de lo insólito; los caminos que parecen haber perdido su curso; el silencio que colma el espacio y todavía aspira a más. En el capítulo cuatro Cristoff muestra su plena conciencia del efecto que la presencia de una cronista en un pequeño poblado produce en cualquier parte del mundo: el instante en que el observador se convierte en observado. “Pero siempre llega el momento, decía, en el que se quiebra el encanto, en el que se va apagando ese deseo de contar que los locales demostraron en un principio. Como en el amor, donde el fin viene anunciado por la falta de entusiasmo en los relatos mutuos –y no en el sexo mutuo, como repiten las psicólogas por la tele–. Para el escritor no siempre es fácil determinar exactamente el instante en que la malla que conforma el lugar empiece a cercarlo –como la piel que genera un pus alrededor del elemento extraño– antes de expulsarlo definitivamente. Una serie de señales muchas veces sutiles, contradictorias, hacen que lo más habitual sea reconocer ese momento a destiempo. Confundirse es muy sencillo. Y entonces la trampa está tendida: el cronista pasa de ser observador a ser observado”.

Cristoff pertenece a la tradición de los escritores que escuchan. Mejor: escuchan y registran. Y reconstruye para el lector, con una escritura que a menudo alcanza cotas de perfección, quizás las que son las dos dimensiones primordiales de la interioridad humana: la expresión de las emociones y los modos de pensar. Cristoff se hace cargo de cada frase, de cada giro de la lengua, de cada pausa. Penetra, deja atrás lo obvio. Caracteriza, sin que nos percatemos de ello. Sus apuntes, los mínimos necesarios, son como fogonazos de lucidez. El suyo, sin pretender etiquetarlo, es un destilado y hondo arte del perfil, con lo cual, me parece, la riqueza de su libro no depende del hecho de que los protagonistas sean patagónicos; el único requisito que Cristoff necesita, es el de la lengua común, nada más.