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Nelson Rivera

Libros: Marguerite Duras

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Entonces era una celebridad. Una solitaria celebridad. Una década atrás, la publicación de El amante la había convertido en una persona muy rica. A comienzos de los años noventa muchas cosas han quedado atrás. Mejor dicho: casi todo ha quedado atrás. Los amigos de siempre (Robert Antelme, Dionys Moscolo, Edgar Morin), sus voluptuosas historias de amor, su contagiosa pasión por el devenir del mundo, se han diluido. En los últimos años de su vida (moriría en 1996), a Marguerite Duras solo le interesa Marguerite Duras.

Vive encerrada. Tiene dos casas: va de una a otra, se encierra en una o en otra. A veces recibe a periodistas, cineastas o estudiantes que la admiran y la estudian. Su escritura de los últimos años, quizás de la última década, es un destilado de todo lo anterior: si el tema principal del conjunto de sus novelas es ella misma, casi todo lo que vino después de El amante es Duras concentrado, sin concesiones, regreso a los dolores de la existencia.

Escribir (que en esta edición de Tusquets se acompaña de otras cuatro piezas breves) es un texto casi agónico. Un epílogo de vida, un testamento. Allí expresa el que ha sido el signo de su obra: escribir es internarse en lo desconocido. Avanzar por un camino del que nada se sabe. Si se conociera algo de ese camino, escribir no valdría la pena. Hacerlo exige valor. Y percibir lo que rodea al hombre, puesto que en el mundo “todo escribe”. Porque no ha temido avanzar en la oscuridad de la escritura, puede concluir que en su literatura no ha mentido. Dice más: en su vida, salvo a los hombres –sus amantes–, no ha mentido.

Duras recapitula. Habla de sus lecturas (Michelet, Saint-Just, Sthendal), el texto entre los textos ha sido el Antiguo Testamento. De su deseo incontrolable de matar a los nazis: “Pensé en los judíos. Odié a Alemania como durante los primeros días de la guerra, con todo mi cuerpo, con todas mis fuerzas. Igual que durante la guerra, a cada alemán por la calle, pensaba en su muerte a mí debida, por mí ideada, perfeccionada, en esa dicha colosal de un cuerpo alemán muerto de una muerte a mí debida”. De su hijo: el hijo como aquel que jamás se pone en duda. De la soledad abismal que le causa el alcohol.

Lo ya sugerido: Escribir es un reconocimiento de la soledad. Duras mira a su alrededor y declara su soledad total: tan sola que se pierde en su propia casa. Y es que la soledad es algo que el escritor lleva consigo, en su escritura. Desde su primer libro. Si no se escribe, no existe. Si existe, es una soledad de la mente y del cuerpo. Un alejamiento de los demás. Cuando hay gente, quizás la soledad se apacigua, pero la sensación de abandono crece. Está en el destino del escritor: ir tan lejos con su soledad como tan lejos vaya con su escritura.