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Nelson Rivera

Libros: Luigi Zoja (2/2)

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Hay más: el paranoico atribuye su propia condición destructiva a sus adversarios (Hitler, Stalin, Mao, los argumentos históricos del antisemitismo, etcétera). Es lo que Zoja llama la “proyección persecutoria”, que cumple otra función: facilita al paranoico atenuar sus sentimientos de culpa (continúo aquí la relación iniciada la semana pasada de Paranoia. La locura que hace historia (Fondo de Cultura Económica, México, 2013), estudio de Luigi Zoja (1943), psicoanalista y escritor italiano.

Alrededor de sus convicciones, el paranoico construye una especie de fe: ha hecho descubrimientos, tiene secretos, explicaciones, que merecen ser compartidos. Por eso se insinúa a los demás. Anda en búsqueda de sus pares. “En su soledad, el paranoico busca inconscientemente individuos que se le parezcan”. Y los encuentra: la idea delirante se proyecta como si fuese una revelación religiosa o casi religiosa (esto permite explicar la facultad conectiva de Chávez). Se establece entonces una relación de recíproca dependencia, un círculo cerrado. Zoja nos llama la atención sobre este aspecto fundamental: la paranoia es el más “antipsicológico” de los trastornos mentales, porque elimina, destierra la autocrítica. La imposibilidad de reconocer los errores propios es la evidencia del sujeto radicalmente inseguro. Una derivación: el paranoico es un experto calumniador. Es peligroso porque en sus acusaciones incluye elementos verdaderos.

Luigi Zoja nos advierte: la sociedad de masas, cada vez más alejada de la asunción de responsabilidades, más ajena a los tradicionales sentimientos de culpa, más dispuesta a invertir las causas, determina una propensión paranoica en la masa. La paranoia tiene la facultad de aglutinar a las sociedades que han atravesado experiencias terribles o padecimientos sostenidos. “La posesión paranoica de las masas no es la excepción sino la norma”.

La paranoia de la masa desata formas de psicopatología colectiva. Esa masa que energiza a sí misma, que inflama la figura del enemigo, se llena de una poderosa capacidad de deshumanización. El exterminio del pueblo judío parece indisociable de la paranoia que Hitler proyectó sobre el pueblo alemán. La paranoia desatada hace más fuerte la escisión que la compasión. Impulsa al sujeto hacia un estado de hechos y posiciones irreversibles. El contagio psíquico (no sé si es correcto hacer uso del verbo contagiar en el caso de los trastornos de la mente) genera uniformidad para la justificación, la agresión, la repulsión, el genocidio. En los climas paranoicos, “una proyección tan extrema y devastadora requiere una profunda inconsciencia. Pero en la masa desencadenada por la demagogia, la presencia de los otros, en vez de favorecer la autocrítica, refuerza y completa la oscuridad de la conciencia”.