• Caracas (Venezuela)

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Nelson Rivera

Libros: Lorrie Moore

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Ratificaciones: se confirma aquí la fragilidad sobre la que vivimos. Lo vulnerables que son nuestras cosas. Las lógicas no visibles que acechan la existencia. Las celadas y asperezas que, tarde o temprano, nos encontraremos en la esquina más próxima. La imposibilidad de predecir lo que será la vida de cada quien, un poco más allá de lo inmediato. El declive, la ruptura, el giro inesperado, el empujón que nos devolverá a un nuevo comienzo. La vacuidad que destila en todos los intercambios sociales. El patetismo que parece consustancial a la condición humana.

Ocho relatos reúne Gracias por la compañía (Editorial Seix-Barral, España, 2015). Las ya consagradas habilidades de Lorrie Moore (Nueva York, 1957) reaparecen en cada una de estas partidas humanas, partidas de a dos o de a tres. El trazo firme para caracterizar a sus personajes contrasta con la ambivalencia, el merodeo, lo sugestivo que resultan algunas de sus escenificaciones. Quienes la comparan o la asocian a Vlamidir Nabokov o a Philip Roth, perturban a los dos grandes maestros y despachan el que, me parece, es un refinado y propio oficio narrativo: la aproximación circunvalar al meollo del relato, suavidad en el empaque incluso de las situaciones más terribles, tensiones que van creciendo y que se expresan cuando ya han adquirido la firmeza de lo irreversible.

Las simetrías (“Si estabas solo al nacer y solo al morir, absolutamente solo al morir, ¿por qué aprender a estar solo en medio?”); las advertencias (“Había visto que una docena de personas se transformaban en trozos de roca, con  los nombres inscritos de forma tan estremecedora sobre la superficie que parecía que se hubieran convertido en piedra”); el humor que se oscurece repentinamente (“El matrimonio es una larga conversación, escribió Robert Louis Stevenson. Por supuesto, murió cuando tenía cuarenta y cuatro años y por tanto no tenía ni idea de lo larga que podía ser la conversación”); las sentencias (“pocas veces una decepción es un misterio”); las viejas verdades revisitadas (“lo triste de hacerse demasiado viejo es que nadie va a tu funeral”); las imágenes del desencanto (“era como entrar en una casa preciosa y ver que todas las habitaciones estaban vacías”); la mordacidad siempre a punto (“era uno de esos nuevos padres modernos tan viejos que parecía haber secuestrado a su propio hijo”); la condición errática (“Había pasado como una década ladrándole al árbol equivocado”). El cinismo rampante de nuestro tiempo (“los chanchullos que se hacían por dinero se encontraban con los chanchullos que se hacían por la virtud”); la impotencia que late en las vidas de los solitarios (“No puedo vivir sin algo de intimidad, de compañía, como quieras llamarlo, para afrontar esta locura global”). Y así. Visión irremediable. Relatos de la incertidumbre vital de nuestro tiempo.