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Nelson Rivera

Libros: Juan Carlos Chirinos

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Quiero proponer la figura de coto narrativo. De campo ficcional al que se ingresa. Cuando se entra en los relatos que conforman “La manzana de Nietzsche” (Ediciones La Palma, España, 2015), la articulación mental con la que cada uno de nosotros lee, queda temporalmente suspendida. Apenas se atraviesa el umbral, el voluntarismo, el deseo de controlar la historia que es propio de cada lector, queda pospuesto. Juan Carlos Chirinos domina la topografía, la ambientación, los movimientos de los dieciséis relatos que ofrece su libro. Añado: reina con elegancia y palabra ajustada en cada uno de sus territorios.

Sus historias son las de un lector ávido, las de una mente curiosa. No solo nos cuenta una historia, sino que las dota de precisión. Cada relato está referenciado, acotado en el tiempo y en el espacio. Nada escapa a su control. La suya es una especie de híper conciencia sobre el hecho de narrar. El lector puede comprobar esto: mientras cuenta sus historias, las comenta: les agrega detalles que son propios de un anhelo de perfección narrativa (el titulado “La manzana de Nietzsche”, por ejemplo, informa con exactitud el origen y funcionamiento de la primera máquina de escribir que se compró el filósofo en 1882); o conecta las historias a ciertas ideas que, por sí mismas, son como potentes imanes para la sensibilidad del lector (en el asombroso relato “El sueño de los justos”, hay una idea fascinante: la de las cifras, la de lo numérico como pesadilla, pero también como posibilidad inagotable de cuantificación del mundo).

Si intento contestar a la pregunta de por qué leer a Chirinos, diré: por el estado de disconformidad que subyacen en estas historias. La suya es una inteligencia activa, en disciplina de búsqueda (narrar en Chirinos es una forma de ejercer la inteligencia). Muchos de sus relatos avanzan hacia el límite donde posibilidad e imposibilidad tensan la cuerda. En las ideas, en las estructuras, en los nudos y en los giros de sus relatos, hay un narrador de oficio cada vez más depurado, pero también un pensador. Un sensitivo preocupado por los límites de la condición humana.

 Cada vez que recuerdo el relato en el que Jean Piaget se saca la correa y le propina dos secos correazos a un niño, me sonrío pero también me inquieto al pensar en la irremediable ambivalencia de lo humano. Cuando releo esa especie de fantasía ero-bibliográfica que es el relato de largo título, “El hombre que heredó una tarjeta para sacar libros de la Biblioteca de Alejandría”, no logro impedir que esa extraña perturbación que surge cada vez que pensamos en los libros que se perdieron para siempre, reaparezca en mi ánimo. Cada vez que me acuerdodel inesperado desenlace de “Memoria involuntaria”, regreso a una cuestión que me ha ocupado a lo largo de los años: lo frágiles (y prejuiciosos) que son nuestros sistemas perceptivos. Lo vulnerables que son los trámites entre realidad y apariencia.

 Cierro con esto: uno termina de leer, pero las historias permanecen o, en su defecto, permanecen raptos o momentos que habitan en este libro. Saltan y destellan en cualquier momento. Como esta frase que aguarda al lector en “Alejandro se pronuncia contra los ídolos”: “El mundo debería estar conformado sólo por palabras, por secuencias de frases diseñadas para explicar el mundo de tal manera que nos sirvan para la vida cotidiana”.